SIN VERGÜENZA

Una vez pasado el invierno de nuestro confinamiento seguimos igual pero con calor y mascarilla. Yo con la normal, la quirúrgica, que es como llevar las bragas grandes de Bridget Jones. Algunos han vuelto a las chanclas. Algunos están sin trabajo. Y algunos andan con la duda de si ponerse una camiseta con la cara de Fernando Simón o una con la de Belén Esteban.

Es bonito que acusen a Belén Esteban de repetir mentiras y bulos sobre la pandemia, sobre los test, sobre lo que sea. No está muy claro que el político y sociólogo Pat Moynihan lo dijera, pero habría tenido razón en la frase que le atribuyen: «Todos tienen derecho a tener su opinión, pero no a tener sus propios datos».

En todo caso, y dándole la vuelta, Belén Esteban tendría el mismo derecho que el Gobierno a tener sus propios datos. Y, sobre todo, a tener su opinión. Además, siempre será más elocuente (nadie cuenta las cosas como Belén) que Sánchez, Iglesias, Casado o Abascal. Y no necesita hablar como si estuviera dictando un telegrama, técnica que bordan Iglesias y Olona.

Nos ha venido a decir el escritor Manuel Vilas que las series de televisión están sobrevaloradas, que ha visto un montón y no se acuerda de ninguna, que son un amasijo de escenas, de trucos y de psicópatas, que se va con Fellini y compañía. Cierre al salir, buen hombre. ¿Pero por qué ves series? ¿Cuál es la obligación? Yo no tomo café con leche ni le doy a los videojuegos. Pero no siento la necesidad de que el mundo lo sepa. Y, demonios, que hay series desde que nacimos. Otra novedad, como el vermut, no te digo.

No tengo ningún empacho en reconocer que la tele (series o no) ha sido para mí fuente de conocimiento, desconocimiento, diversión y chaladura. E igual que sé que Muriel Spark trabajaba en una radio falsa del Foreign Office británico durante la guerra difundiendo noticias falsas a los alemanes, sé que los medios difunden noticias falsas sin que haya guerra declarada ni enemigo. Hay autodenominados críticos culturales que dicen que no han visto un minuto de «Gran Hermano». Vale. Tu opinión me sirve lo mismo que la de Irene Montero sobre el feminismo.

Como no quería que se me acabara la última temporada disponible, he ido racionándome «Shameless». Y me ha coincidido Frank Gallagher (William H. Macy) con Fernando Simón en la tele. Son iguales. Cuando veía a uno pensaba en el otro. Veía a Simón y lo imaginaba esposado a la cama, con pañales y torturado por Faye (Elizabeth Rodriguez). Frank Gallagher, pese a ser lo peor, cae bien.

No digo que Simón sea lo peor, pero también cae bien. Por lo menos a la media España que siempre está muriendo de la otra media, según Larra. Porque esto de darnos garrotazos no es de ahora, aunque Jorge Javier Vázquez y Belén Esteban lo hayan escenificado tan bien. Lástima que con el lío Belén no pudiera hablar de todo lo que quería en su vuelta al plató.

Porque cuando Jorge Javier recordó de pasada que «Sálvame» es un programa de rojos y maricones, ella dijo que iba a ir a eso después. Y no fue. Hay que recordar lo de Pedro Sánchez en su libro, en el de Irene Lozano, a propósito de su intervención en el programa de tarde cuando el toro de la Vega: «Hay un componente elitista, incluso clasista, según el cual ciertos programas, y ahora estoy pensando en “Sálvame”, tienen un público de mujeres mayores e incultas».

Y que él tiene amigos varones de reconocido prestigio que lo ven. Amárrame los pavos. Si no sabemos si «Sálvame» es de rojos y maricones o de mujeres mayores e incultas, vamos a saber los muertos por el coronavirus.

Rosa Belmonte ( ABC )