SINFONÍA DE TOSES Y OLVIDOS

LA SALUD de una democracia, a veces, es una pura cuestión de laringe. Manuel Chaves, el histórico presidente de la Junta de Andalucía, cuya efigie tras casi dos décadas de poder omnímodo ha adquirido una inexpresividad románica, casi hierática, igual que las estatuas de los próceres decimonónicos, compareció ayer en el juicio de los ERE durante más de tres horas entre una sinfonía de toses -propias y ajenas- que mostraban su incomodidad (genética) por tener que dar explicaciones sobre sus decisiones políticas. Nunca quiso verse en tal trance y allí estaba. Obligado, molesto y dispuesto, exactamente igual que su sucesor, José Antonio Griñán, a exculparse absolutamente de todo. Sin excepciones.

Nada más empezar la sesión, que el azar ha querido hacer coincidir con el arranque de la Feria de Abril, ya negaba la mayor de la causa al manifestar que sabía que la Junta daba ayudas -era un objetivo político, llegó a insinuar- pero dejando claro que él desconocía cualquier extremo relacionado con su pago. «Ahí no entraba». A pesar de esta ignorancia selectiva, el expresidente defendió la legalidad de sus decisiones. «Está en la ley, es la ley», repetía al referirse a las famosas transferencias de financiación cuyo fin era burlar los controles internos de la Junta de Andalucía.

Cuestionado sobre la «trascendencia jurídica» de los acuerdos de concertación social -el marco político concebido para camuflar la pax sucia de los ERE- aseguró no tener «formación» suficiente para valorarla. En la sala se hizo un silencio espeso. Chaves lo dijo tras carraspear. Todo un alarde para alguien que se define en su currículum como Doctor en Derecho y profesor de legislación laboral.

Según su relato ante la fiscalía, el aparato de la Junta, conducido por gobernantes con un pésimo bachillerato, funcionaba solo, igual que un autómata, sin un deux est machina que lo impulsase. No fue lo peor. Chaves incurrió también en sus famosos lapsus de concordancia: llamó «tinglado industrial» a la reconversión inútil de algunas empresas privadas donde la Junta se posicionaba a sabiendas de que invertía en sociedades ruinosas, y denominó hasta tres veces «programas electorales» a las partidas presupuestarias ordinarias, confusión que ilustra sobre cuál era la perspectiva con la que sus gobiernos administraban el dinero público.

Para el expresidente todo lo que sucedía en Andalucía, más allá de las discusiones de los consejos de gobierno, era un absoluto arcano. Un misterio en el que él no entraba porque «no tenía que hacerlo». No hay como ser jefe de uno mismo para absolverse.

Chaves, según reconoció, sólo despachaba con sus consejeros. Nunca leyó las memorias de los interventores porque le parecían muy voluminosas. «Me hubiera pasado la presidencia leyendo», alegó. Leer los papeles oficiales lo ha hecho a posteriori, apremiado por el juicio, circunstancia que nos permite celebrar el extraordinario beneficio didáctico de esta causa, con independencia de cuál sea su final. Nunca es tarde para aprender cómo funcionan las cañerías de la administración que has gobernado, a la manera de los monarcas absolutistas, durante casi dos decenios.

Todo lo acontecido con los ERES, según el expresidente del PSOE, es cosa de otros. Él iba desde el gimnasio a San Telmo y, desde Palacio, a las playas de La Antilla. Su desmemoria se extendió a sus colaboradores y a su correspondencia. De creer su versión sobre el modus operandi de la cúspide de la Junta uno no sabría decir qué es peor: si dar por ciertas sus excusas (nadie sabía nada) o no. El tribunal tendrá que averiguarlo interpretando los tonos de sus gruñidos de tos, la verdadera banda sonora del juicio de los ERE.

Carlos Mármol ( El Mundo )