Algunos lectores y amigos me han hecho llegar su descontento con el título, tan estrafalario, que le concedo al presidente del Gobierno, en un artículo anterior. De pasada, lo trataba, como «el tirano Sánchez». No era un capricho, sino, más bien, un homenaje implícito al título de «tirano», que se acuñó para Dionisio, el Joven, el tirano por antonomasia de la ciudad de Siracusa.

Fue una colonia griega de Sicilia, en el siglo IV antes de Cristo. Dionisio contrató, nada menos, a Platón como asesor, aunque el filósofo se hartó, pronto, de su aventura colonial y regresó a Atenas, a seguir platicando con Sócrates, su personaje literario. Dionisio pasó a la historia con el título de «tirano» porque subordinó toda su política a su permanencia en el poder. Para ello, no hizo ascos a la violencia o la corrupción.

Salvando las circunstancias de tiempo y lugar, el tirano Sánchez es la representación hodierna de esa política dionisíaca, al subordinar todos sus actos a la obsesiva permanencia en la Moncloa. Ahora, no hay violencia, pero, sí su equivalente de la propaganda y la corrupción. La corrupción actual discurre por las amenidades de las múltiples formas de las subvenciones.

Las reciben sindicatos y patronales, infinidad de grupos de interés, iniciativas culturales y humanitarias. No se excluye la Conferencia Episcopal Española. Un gasto tal lo puede hacer un Estado con unos presupuestos elefantiásicos, gracias a unos ominosos impuestos, que habrían querido tener muchos tiranos de la historia.

Los teólogos clásicos del imperio español se plantearon la pregunta, un tanto retórica: «¿Es lícito matar al tirano?» Naturalmente, hoy, no se plantea nadie la literalidad de un magnicidio. Entre otras razones, porque la pena de muerte quedó excluida en la Constitución de 1978. Basta con discurrir la conveniencia de seguir manteniendo en el poder a una figura que todo lo subordina a esa posición de mandamás.

Por ejemplo, se alía con los secesionistas vascos y catalanes, con tal de que le sigan apoyando en el Congreso de los Diputados, donde no dispone de la mayoría de los escaños. Es una alianza contra natura, pero, funciona. Puede que el tirano Sánchez se imagine, de por vida, al frente de una especie de confederación hispánica de Estados libres. Es lo que llama «concordia», siguiendo a Cambó. Si le parece poca cosa el precedente, le sugiero que hable de «megalopsijía».

La clásica dialéctica política «gobierno-oposición» ha funcionado en la democracia española, mal que bien, durante más de cuarenta años. La novedad es que, a partir de los discutidos indultos con los presos catalanes del golpe de Estado, de 2017, la oposición se ha simplificado mucho. Lo que se plantea, ahora, es si es lícito defenestrar al tirano Sánchez.

Hablan los líderes de los partidos en la oposición, pero, sobre todo, intervienen otras muchas personas prestigiosas a título individual, incluidas algunas de raigambre socialista. El triunfo no está asegurado, dada la tupida red clientelar que alimenta la propaganda gubernamental.

Habrá que reconocer una maestría del tirano Sánchez, nunca conseguida por los Gobiernos anteriores, de uno u otro partido. El resultado es que son innúmeras las personas de todos los pelajes que hacen suyas las tesis del Gobierno. Las asumen y las repiten como cosa propia. Ese es el éxito de la propaganda, un éxito «redondo», habría que advertir. Alguna vez se estudiará en las Escuelas de Negocios.

Lo de Goebbels es poca cosa y, además, terminó mal.

Amando de Miguel ( Libertad Digital )