A nadie escapa que nada de lo dicho, hecho o realizado por este gobierno, tiene como finalidad salvar vidas o prevenir una segunda oleada de una pandemia que ellos, con su negligente comportamiento, solo han colaborado en su agravamiento. La auténtica pandemia que vive España son ellos, el gobierno social comunista de Pedro y Pablo.

El coronavirus es un aliado de la izquierda en su perverso plan de atemorizar a la población, tensionar a la sociedad y perpetuarse en el poder. La izquierda necesita de miseria, ignorancia y podredumbre para poder subsistir. Si no la hay, la crean, y esa es la fase en la que estamos ahora.

Nada es casual: cuestiones como la nueva ley de educación de la ministra Celáa, la que colabora con nuestro encierro mientras ella se va de puente a Bilbao y la que pretende generalizar la incultura de nuestros hijos mediante aprobados por decreto que conseguirán que las titulaciones educativas, en un futuro próximo, no tengan valor alguno, carezcan de interés al haber abolido la cultura del esfuerzo y la meritocracia.

Que nadie tenga ninguna duda de que, mientras ellos prometen aprobados a nuestros hijos, los suyos formarán parte de la élite que seleccionarán para seguir gobernando este país. La maldad de esta gente no conoce límites y toda su actuación está regida en la búsqueda de una finalidad política muy concreta. Leyes como la de la memoria histórica o las de ideología de género, encuentran su justificación de ser en la consecución de una superioridad moral que no les corresponde.

Deciden qué es lo que sucedió en el pasado y prohíben toda investigación para controlar el presente y el futuro. Socialistas y comunistas son una máquina perfecta de lavados de cerebros, y todo esto, con la complicidad de aquellos que siguen pensando que nada de lo que sucede tiene que ver con ellos, que es solo un debate histórico sin recorrido o interés para la ciudadanía.

El gobierno más radical de Europa, el formado por socialistas y comunistas, nos dice quién es moderado y quién es de centro, acusando a todos los que no colaboran con ellos de generar tensiones sociales y políticas. Nos encaminamos hacia lo que podemos denominar como la dictadura perfecta, aquella que nos lleva hacia un nuevo régimen autoritario, pero con formas aparentemente democráticas.

Me niego a pensar que la actuación criminal de este gobierno no les pasará factura, no les traerá consecuencia. No podemos creer que la enfermedad de la sociedad está tan extendida, como para que sigan siendo la opción preferida entre la población, en el hipotético supuesto de unas futuras nuevas elecciones.

Fiel a su tradición histórica, socialistas y comunistas han convertido a Madrid en un inmenso Gulag del que nadie puede escapar, del que nadie puede salir, y ninguna de las decisiones adoptadas tiene base científica o sanitaria.

Han puesto a 7.000 policías a vigilarnos, mientras miles de ilegales asaltan nuestras fronteras y toman nuestras costas sin ningún tipo de control,  con unos efectivos muy reducidos que en ningún caso pueden hacer frente a la avalancha diaria de sin papeles. Nosotros no podemos salir de nuestras ciudades, mientras ellos facilitan la invasión de nuestro país.

La izquierda se siente fuerte y, en esta ocasión, no pararán hasta que, de una u otra forma, consigan hacer desaparecer toda voz discrepante, todo pensamiento disidente o toda alternativa que pueda poner en peligro su plan de control total de la sociedad.

Cuanto antes nos demos cuenta de lo que está pasando, antes podremos evitar la desaparición de una nación, a la que han condenado, con la que no se sienten cómodos y de la que desean vengarse, pues España viene a representar todo lo que ellos odian.

Socialistas y comunistas han pisado el acelerador, consideran que ha llegado su momento, han secuestrado las instituciones, han limitado nuestras libertades más básicas, nos dicen qué es lo que debemos opinar, pensar, hacer y decir, nos han encerrado en nuestros hogares y han troceado nuestro país con la clara intención de que nada vuelva a ser como antes, de que nada vuelva a ser normal, en un proceso que dura ya 40 años y que esta llegando a su culminación.

Javier García Isac ( El Correo de España )