SOLAS Y BORRACHAS ACABARÈIS TODAS

Nacen viles y se hacen canallas, les sobra maldad y les falta poema: “Sola y borracha quiero llegar a casa”. Con su aliento legañoso componen ripios de taberna portuaria empachados de prejuicios que reducen al hombre al alarido del macho ebrio de lujuria, y convierten a la mujer en una hembra vidriosa, irascible, en permanente destemple. Son el derroche de lo maligno.

Son las feministas molotov, herederas de aquellas milicianas sans culottes que refocilaban en las trincheras con sus camaradas causándole más bajas al Ejército Rojo que las ametralladoras nacionales, porque la sífilis es más letal que las balas. Sus bisabuelas eran un nido de ladillas y de venéreas, las bisnietas son hembras de desecho con el corazón de pus, las arterias de odio y el cerebro fosilizado en la prehistoria.

“Sola y borracha quiero llegar a casa” no es sólo un ripio tabernario, es el diagnóstico de la gonorrea espiritual de la pandemia feminista, y es el pronóstico de lo que le aguarda a la mayoría de ellas. Solas y borrachas, sí, pero no en casa.

Solas y borrachas en los andenes de la mujer desdeñada, mientras sus cheerleaders tuvieron la precaución de colgarse del columpio de un macho-alfa de izquierdas, por supuesto, para vivir del poder de su hombre, de día en el Consejo de Ministros y en el Parlamento y pernoctando en una dacha digna de la aristocracia zarista en Galapagar. 

Eduardo García Serrano ( El Correo de Madrid )