Hoy por hoy es difícil hallar en España una persona que mienta a la cara a los ciudadanos con el desparpajo y desahogo con que lo hace Pedro Sánchez. Se pone más o menos serio, engola algo más su ya engolada voz de megafonía de sala de espera y suelta el embuste como si tal cosa.

No cabe en esta página ni un breve resumen del festival de mentiras que lleva dichas desde que dejó de ser un diputado de los que aprietan el botón en el Congreso. Son innumerables. Quedémonos con dos de las últimas entradas a su enciclopedia de trápalas.

Parecía que la del comité de expertos que decidía la desescalada, y que ahora sabemos que nunca existió, era de las más gordas, pero ayer optó por una trola mayúscula negando saber dónde se encuentra Don Juan Carlos (algo tan inimaginable como irresponsable en boca de un presidente del Gobierno), aludiendo además a que él, ¡alma de cántaro!, nada ha tenido que ver en el desalojo del monarca de su casa en La Zarzuela, «porque es una cosa de la Casa Real». No ni ná, como dicen los castizos.

Mentira y Sánchez son ya un binomio imposible de separar. ABC ha venido recogiendo en su microsección «Palabra de Sánchez» todos las veces que el tiempo y él mismo han hecho añicos su propio discurso y desnudado el último vestigio que le quedara de algo parecido a la coherencia.

Que si «nunca gobernaré con Iglesias», que «si quiere se lo digo cinco veces o veinte, con Bildu no vamos a pactar», que si «veo clarísimo el delito de rebelión en los responsable del 1-O», «que si el final del populismo es la Venezuela de Chávez» o que, vayamos al principio de todo, «no plagié en mi tesis doctoral y voy a denunciar al ABC». Dos años después seguimos a la espera.

Ayer dijo que suspende las subidas de impuestos hasta que no llegue la recuperación. Preparen por tanto la cartera, el estacazo fiscal será inminente.

Mentira y fanfarria, apenas nada más esconde el sanchismo, encarnado en el político que pasa lista en el Congreso para que todos sus diputados vayan a aplaudirle o que difunde la ovación de todo el gabinete cuando regresa de poner una pica en Flandes, sin que ninguno de los palmeros caiga en la cuenta de lo ridículamente retratada que queda su imagen.

Sánchez sabe perfectamente donde está Don Juan Carlos (él mismo ha contribuido con denuedo a su exilio), lo que le cuesta más es localizar la verdad que tan pocas veces atina a salir de su boca.

Álvaro Martínez ( ABC )