Don José María Aznar, el último presidente de gobierno español que se ha comportado como tal, demostró que tener más de cuarenta millones de almas españolas en sus manos es trabajo arduo, y que para defender el bienestar y progreso de la nación, hay que tomar decisiones duras, incómodas, y no populistas.

Zapatero se limitó a sonreír cuando aparecía una cámara, desaparecer enviando a María Teresa Fernández de la Vega cuando la situación se ponía seria y perdía el control de los esfínteres, y taladrarnos los oídos y lavarnos el cerebro con el ya oficial discurso progre.

Rajoy se dedicó a ser soporífero y flotar sobre la mugre, a causa de falta de riego sanguíneo y del perpetuo miedo que desde él caracteriza a los de su partido: ser acusado de franquista. Ello paraliza cualquier acción real, contundente, definitoria por su parte; dicen sin decir, están sin contar. El PP desde 2004 es pura debilidad y cobardía, es sólo una imagen, un recuerdo.

La vida individual es dura, por lo tanto la mano dirigente de una nación ha de ser sumamente firme, sin debilidades, titubeos ni boberías de guardería o Nunca Jamás (tantos políticos parecen habitarlo, mientras que la población española que genera sus ingresos, nos manchamos los zapatos).

Una nación necesita como capitán a una persona sólida y fuerte, consecuente, responsable con el bienestar de los españoles, y rodeada de auténticos consejeros, con nombre, apellidos y remuneración públicos. Una persona que tenga la más remota idea de a dónde está empujando a 42 millones de españoles.

Una persona con la única intención de salvar España, y hacerla crecer. No aniquilarla. Nuestra nación, como todas, necesita como conductor a un patriota.

La RAE define tragedia como “situación o suceso luctuoso [triste, fúnebre, y digno de llanto] y lamentable que afecta a personas o sociedades”. España se encuentra en mitad de una tragedia, y cualquier adulto sabe que éstas nunca se solucionan de forma rápida y fácil, ni existen las medidas mágicas. Estamos en una situación en la que se tome el camino que se tome, se va a causar desgarramiento. No habrá final feliz.

Es peligroso que tantas personas con derecho a voto (y que no dudan en ejercerlo) aún no lo hayan descubierto. Consideran a la derecha el antagonista crónico, y hasta cuando arden cubos de basura, pretenden investigar la ideología del vándalo (como si fuera posible, a menos que existan antecedentes legales) antes de decidirse a condenar la violencia.

Esos pijo-progres sin educación, cultura ni raíces, podrían (y con suerte, así será) acabar en la cola del comedor social, y seguirían levantando el puño izquierdo. Las personas que en Burgos, Logroño y tantas otras ciudades han salido a las calles de noche a prender fuego, son sólo seres humanos hambrientos, arruinados, desesperados, mentalmente enloquecidos por el encierro, que han llegado al límite de la resistencia.

No me importa que votasen al actual gobierno o a VOX, o que no hayan votado en su vida. Lo único que debe preocupar es que son españoles que no pueden más, que gritan basta ya.

Toda violencia es condenable por el hecho de serlo (aunque a la ley actual le parezca más agravante pegar a una mujer que matar a un hombre). A toda manifestación acuden personas que nada tienen que ver con la causa oficial de la protesta, individuos violentos que sólo buscan llamar la atención, desestabilizar y crispar, y atacar propiedad privada (haciendo así daño a quienes supuestamente defienden).

En las concentraciones también se dan cita adolescentes aburridos y de inteligencia defectuosa, cuyo mero propósito es vociferar sandeces. Pero la mayoría de los participantes son seres humanos que exigen lo que se lleva defendiendo y entregando desde finales del siglo XVIII hasta hoy, apelando a su condición de ciudadanos: libertad, bienestar, salud. ¿Podemos criticar a una persona por resistirse a ser asesinada?

Algunos se bajan los pantalones, se suicidan si el dictador Sánchez y sus tentáculos así lo ordenan. Qué obedientes, qué buenos esclavos. Entreguismo y cobardía. Callan, agachan la cabeza, y tragan sosa cáustica: un suicidio colectivo con sonrisa y arcoíris.

El ministerio de Interior envía para reducir a los manifestantes a otros maltratados, la Policía; que los peones se maten unos a otros. Mientras, los gobernantes absolutistas continúan en el piso de arriba, intocables, durmiendo calientes y con el estómago lleno, tras una buena carcajada maligna a costa de España.

Eso sí, cuando se trata de etarras o golpistas, sólo envían a las Fuerzas de Seguridad para hacer acto de presencia. Yo me manifestaría, no quemaría propiedad pública porque algunos la hemos pagado, no atacaría propiedad privada porque es sagrada, y jamás arremetería contra un policía o un guardia civil.

Recordemos, porque es peligroso no hacerlo, que estamos contra el gobierno y con los uniformados. Con los jóvenes españoles expatriados porque se les quiere formar pero no contratar, con los ancianos que han sangrado para que nosotros tuviésemos infancia, con los autónomos, con los agricultores. Estamos en contra del golpe de Estado, y con España.

Médicos y biólogos son los únicos que conocen el comportamiento de un virus, el resto somos completos ignorantes, pese a que vivamos en un momento social en que el tonto del barrio se cree ministro del aire, porque medio borracho o somnoliento ha mal leído dos artículos y cree que puede dar lecciones a quien ha pasado una década en la facultad de Medicina.

Bien es cierto que los médicos no son dioses, se equivocan cada día, pueden ser comprados como cualquier otro colectivo, y tienen intereses y miedos como cualquier persona. Si existen médicos que son reticentes (por motivos científicos, no políticos) a posicionarse de manera clara respecto al coronavirus, qué vamos a pensar la población general, qué decisiones podemos tomar si el desconocimiento es absoluto, si incluso los que saben y toman partido tienen posturas encontradas, si no existe en este tema unidad en la comunidad científica internacional.

Ni siquiera soy de ciencias, sí soy lúcida y por ello reparo en lo siguiente: se confunden los fallecidos con coronavirus y los que han muerto a causa de coronavirus. ¿Acaso se ha realizado una autopsia a cada persona fallecida en España desde marzo?

Existe tanta prisa por hacer desaparecer el cadáver, que se incinera incluso violando la ley que obliga a esperar 24 horas desde la expiración. La ofensiva llevada a cabo por los medios de comunicación, el terror sembrado 24 horas al día 7 días a la semana durante 8 meses, ejerce un efecto pernicioso sobre la salud; ante un sistema nervioso presionado, bombardeado por el miedo, las defensas bajan.

La reducción de oxígeno y la inhalación de dióxido de carbono ofrecen un resultado parecido. Si a todo ello sumamos la inmovilidad física, el aislamiento de otros humanos… ¿cómo no van las medidas anticovid a agravar la mortalidad del virus?

Repetir una acción esperando resultados distintos es poco inteligente. Entiendo el miedo, el imprevisto, puedo entender dos semanas de confinamiento en marzo mientras el gobierno ordenaba los papeles. Confinarnos toda la primavera resultó inútil, tras pocos meses en la calle y el cambio estacional, hemos vuelto al punto de partida (por el momento sólo en número de contagios, no tanto en fallecidos; qué sospechoso).

¿Es necesario repetir el hundimiento económico y el deterioro galopante de la salud mental de los españoles, sólo porque el gobierno no tiene imaginación ni está preparado siquiera para ser presidente de comunidad de vecinos? No se ha aplicado una sola medida constructiva, sólo se revisa el archivo para repetir las nocivas.

No soy de letras, pero esto sí sé: desarrollan síntomas el 10% de los contagiados por covid, y de estos, mueren o viven con síntomas graves o secuelas el 1%. Creo que 42 millones de españoles pesan más que el 1% de la población.

Todas las vidas valen lo mismo, y cuestionar y disentir respecto al gobierno no significa ser negacionista. El virus existe, y 58.000 españoles fallecidos también, así como sus familias de luto. Los demás tenemos estómago, y de la Economía depende que lo podamos llenar: se van a cavar más tumbas por ella que por cualquier virus.

Si una persona quiere confinarse hasta que acabe de pudrirse, es su decisión. Si un español sabe que tiene más riesgo que la media de sufrir síntomas graves o incluso morir por el virus, que no acuda a una fiesta con cientos de personas. Pero como en España no hacemos nada voluntariamente y somos tan libres que depositamos nuestro bienestar en manos del gobierno, que encierren a 42 millones sólo para que unos miles no mueran. Lógica española.

En países como Bosnia no han existido desde marzo prácticamente restricciones gubernamentales (y han sufrido el mismo número de pérdidas humanas que nosotros). Allí la población exige que se respeten los derechos constitucionales, y saben ejercer la responsabilidad individual: “para que tú no mueras, no es necesario que lo haga yo”.

Volviendo a nuestra patria: las decisiones tomadas por el gobierno desde el comienzo de la pandemia, con beneficios exclusivamente egoístas, han sido: comprar a los medios de comunicación (ocultar la verdad a la población), el CIS y el CNI, y subir los salarios de los diputados.

También financiar proyectos de centro de deficientes mentales, como aquel que pretende regular el color de la ropita de las niñas; dentro de poco, el dictador escogerá el modelo de calzoncillo que el lector usa. Vean, vean, sólo tenemos que dejarle seguir avanzando, sutilmente, lento pero seguro, como en la Marcha Verde.

A continuación, la dictadura sanchista se ha centrado en “reducir la animosidad ante el gobierno” en redes sociales. Supongo que la progresión es que miles de escritores, periodistas y cualquier persona lúcida, demos con los huesos en la cárcel por no dejarnos embozar, arrinconar, someter. ¿Siguiente paso? Regresar al Antiguo Régimen eliminando la separación de poderes.

La dictadura gubernamental ha generado colas del hambre parecidas a las ocurridas durante la guerra civil y posguerra, y prohíbe que los medios las retraten, como a las filas de ataúdes. También la libertad de prensa ha sido decapitada.

Los políticos social-comunistas no son válidos ni para delegado de clase, no saben comprar mascarillas en buen estado, les entregan a la Guardia Civil algunas caducadas, y aprovechan incluso una tragedia nacional para desplegar una vez más su naturaleza mafiosa de mercado persa y obtener millones de euros en contratos irregulares. Luego Sánchez viaja a Bruselas a poner la mano, y sin papeles.

El asesino-payaso Simón, que ya debería estar en la cárcel (como el presidente, vicepresidente, tantos diputados social-comunistas, y todos los proetarras, etarras, e independentistas), hace sólo unos meses consideraba las mascarillas inservibles para evitar contagios, hoy no se permite salir de casa sin ella. Puedes ocupar propiedad privada, dar un golpe de Estado en Cataluña, o invadir la patria desde África. Mientras lo hagas con mascarilla, todo irá bien (en este último caso, como premio, te alojan en hotel con jacuzzi y te regalan un teléfono móvil).

Los límites de la deficiencia mental humana son insospechados. “España siempre ha sido muy solidaria con los inmigrantes”. Gilipollas, querrán decir los progres. También somos crueles y despreciativos con nuestros compatriotas, nuestros hermanos. Pero eso no importa, eso no ocupa titulares. El gobierno nos sangra 400 años con impuestos, y a cambio nos ofrece unos servicios públicos míseros, inaceptables.

¿Dónde está el resto del motín? En los bolsillos de los políticos y los inmigrantes; no hace falta que Al-Ándalus regrese oficialmente, ya nos hemos doblegado. Llegan 300 ilegales al día a las islas Canarias desde hace meses, en toda España a diario cometen delitos y aterrorizan; los españoles son asaltados, robados, violados, y los autócratas miran para otro lado.

Si el ciudadano se defiende, va a la cárcel. Lo que sí se muestra en televisión es a un guardia civil (reconvertido a su pesar en hermana de la caridad) dando mantita al moro de turno, para demostrar que somos muy buenos.

Cómo podemos soportar tantos ultrajes, consentir que los ruines exterminadores continúen su circo diario, alimentando su narcisismo y ansia de notoriedad paseándose por el Parlamento, en coche oficial, disfrutando de banquetes… Una ministra que afirma “yo voy a Bilbao cuando quiero”, mientras el español de a pie tiene que consultar en qué término municipal se encuentra su restaurante favorito para saber si puede acudir.

Nos destierran de la vida, nos recluyen en pisos-celda, mientras pretenden convencernos de que “de esta salimos fortalecidos; conviértete en piedra, sé mi siervo, y verás como todo irá bien”. Vivimos asustados o aterrorizados, paranoicos, vigilándonos los unos a los otros, señalándonos como en el estalinismo, y respirando dióxido de carbono en nuestras miniburbujas, aún más adictos a las pantallas, deshumanizados y desconectados de nuestros compañeros de especie que hace un año.

Me encuentro con una amiga en la calle y tengo reticencia a abrazarla por si me contagia. No me importa enfermar, pero sí me preocupa la salud de mis padres, con los que vivo. He de ser responsable, he de respetar la salud y la vida ajenas, pero, ¿pagando el precio de mi propia supervivencia? Porque las células mueren si no tocamos, besamos, amamos.

Si nos aislamos, morimos.

Amaya Guerra ( El Correo de España )