La constitución se fundamente en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas.”  CONSTITUCION ESPAÑOLA, Título Preliminar. Articulo II.

Corren tiempos de mudanza. Existe una cierta agitación social promovida desde planteamientos partidistas, concretos y minoritarios que afectan al proyecto global que definimos como España.

Los medios de comunicación social están inmersos en una campaña de afirmaciones basadas en réplicas y contraréplicas acerca de nuestra identidad nacional: ¿somos una nación, una comunidad de naciones, una nación de naciones, un estado de estados…? Frágil discusión teórica sobre la única realidad que se impone: somos una nación.

No es necesario recurrir al pasado histórico, a nuestro origen común de más de cinco siglos de convivencia (¿cuántas naciones pueden presentar las mismas credenciales?) para invocar una realidad que es incuestionable.

Hablar, escribir y discutir  (que no es sinónimo de diálogo) sobre nuestra historia y lengua común es superficial; cierto, somos una familia y como en toda amplia familia, tenemos los abuelos, padres, hijos, tíos, primos… cada uno podemos -y lo hacemos- pensar  de forma diferente y actuar de distinta manera, lo que no anula los vínculos de sangre que poseemos.

Es lógico, natural y correcto afirmar que gallegos y valencianos son diferentes, que madrileños y canarios también lo son. ¿Es posible imaginar una comunidad de vecinos donde todos sus integrantes se comporten de la misma manera?. El hecho diferencial va intrínsecamente vinculado al ser humano. ¿Y los pueblos?, ¿y las naciones?.

Nuestra identidad es fruto de una rica y múltiple variedad, y no se basa, exclusivamente, en una historia común (extensa, fecunda, con grandezas y miserias), sino en  ciudadanos (mujeres y hombres libres), ríos, lagos, mares, océanos, montañas, cordilleras, aldeas, pueblos y ciudades, obras arquitectónicas…que constituyen  la sangre de España, la esencia de un pueblo vivo, dinámico y en constante transformación, como las «aguas del río de la vida».

Quien no esté de acuerdo en pertenecer a esta extraordinaria nación que es España, lo tiene muy fácil: que se valla, busque o cree un nuevo país donde vivir. No debemos permitir que la falsedad de sectores independentistas (partidos, medios de comunicación…) nos manipulen y engañen.

Por ello (por todo ello), a pesar de «tanto canto de sirena» que intenta abocarnos a la incertidumbre absurda de la nada sin sentido y de extrañas maniobras que niegan la evidencia de nuestra realidad común:

SOMOS UNA NACIÓN.

Federico Sánchez Arias ( El Correo de España )