Los datos que ofrece el Instituto Carlos III, cuya solvencia no es posible cuestionar, no dejan lugar a duda alguna. La evolución del Sistema de Monitorización de la Mortalidad Diaria sitúa en 2.540 los casos de fallecimiento por encima de lo previsto para el periodo comprendido entre el 27 de julio y el 15 de agosto, que sumados a los 43.556 fallecimientos por encima de lo normal del 14 de marzo al 9 de mayo arroja un saldo negro de más de 46.000 muertos atribuibles a la pandemia.

El pasado fin de semana, informábamos de los datos del Instituto Nacional de Estadística, que daban 50.420 fallecidos como mortalidad excesiva. Estas cifras no admiten maquillajes de contabilidad creativa como la que utilizan en las ruedas de prensa de La Moncloa. Son 50.000 muertos, señor presidente, no los 28.000 de su factoría de eslóganes.

Ahora, la tarea urgente del Gobierno es elevar el acoso a Díaz Ayuso, presidenta madrileña, presentando injustamente a la Comunidad de Madrid como la «zona cero» de la segunda ola, con la inestimable colaboración de Fernando Simón, que alterna sus funciones de experto epidemiólogo con la de portavoz del Gobierno.

La segunda ola de la pandemia era ya una realidad indudable en agosto, con avisos muy graves en julio, y suficientemente notoria para que Pedro Sánchez y su gobierno no hubieran abandonado sus despachos de Madrid.

Era agosto cuando los ministros de Educación y Universidades tenían que haberse reunido con las comunidades autónomas para fijar pautas comunes en el nuevo curso académico. Era agosto cuando el Gobierno tenía que haber liderado la información a los ciudadanos y asumido la responsabilidad de dirigir el país, en vez de disfrutar de unas vacaciones tan legítimas como inoportunas.

Era agosto, en definitiva, cuando Pedro Sánchez debió asumir el coste de sus declaraciones épicas del mes de julio sobre la derrota del virus y el doblegamiento de la pandemia. Pero es Pedro Sánchez y si entonces anunciaba temerariamente una victoria pendiente de confirmar, ahora muestra su preocupación por la situación, como si fuera un espectador de los acontecimientos obligado a ocuparse de lo que otros hacen mal.

No le falta tampoco esta vez un culpable, los ciudadanos españoles, quienes, si en julio fueron elogiados por Sánchez por su «disciplina, resistencia y moral de victoria», ahora dice que ellos «se relajaron».

Y puede que así sea, pero Sánchez no tiene autoridad moral ni política para hacer esa crítica, porque fue él el primero en relajar su responsabilidad ante las circunstancias y porque fue él quien animó a los ciudadanos a salir a la calle para reactivar la economía.

Tras la feria de eventos de esta semana, la pandemia seguirá ahí, con 50.000 muertos, un sistema económico quebrado y cientos de miles de familias asustadas por el comienzo de un curso académico incierto.

ABC