Un dato esencial para la reflexión, que no suele tenerse bien en cuenta al referirnos a este asunto del antifranquismo, es que socialistas, comunistas, separatistas, terroristas y toda su caterva de cómplices, paniaguados y delincuentes de segunda división bajo amparo oficial, son antifranquistas activos. Ergo, algo muy bueno tendrá el franquismo cuando es atacado con ferocidad por la crema del detrito social, de la corrupción y de la criminalidad.

Pero ¿cómo actúan o reaccionan los consabidos intoxicadores -variopintos y esparcidos por los medios- con sus turbios e inconfesables traumas a cuestas, ante este dato demoledor? Pues como suelen: cogen el rábano por las hojas, desvían la atención de lo sustancial centrándose en lo liminar o accesorio, pretenden desautorizar al oponente con algún ultraje, colocan su excremento erudito tratando de cargarse de impostada autoridad para confundir a los menos avisados y concluyen con algún adorno o alarde para justificar que, una vez más, han evitado debatir sobre el fondo del asunto. Que es el que los desenmascara, al que temen y el que los hace responder.

Confieso que me gustan estos intoxicadores de cajón, porque el personaje que interpretan en la vida resulta al cabo esclarecedor: dan más luz a lo que quieren oscurecer. Pero, olvidándonos de estos ejemplares, es conveniente insistir en el antifranquismo activo para recordar que ya ha hecho en España todo lo que sabe hacer, que es lo que empezó experimentando en Andalucía nada más comenzar la nefanda Transición: llevar al campo y a la ciudad la limosna y la corrupción en vez del trabajo y el progreso.

Un rasgo de la España frentepopulista, de la España envidiosa y perezosa que quieren forjar los antifranquistas activos y que, según dicen nuestros sabios, son los dos señeros defectos nacionales, es el de un país reacio al magisterio de los mejores. Aquí, bajo la casta partidocrática que padecemos, ha funcionado y funciona mucho la instrucción demagógica, populista y cursi de los peores, de los que envenenan al ciudadano con su politiqueo y su enredo social o intelectualoide, con su mixtificación pretendidamente sabia, que es sólo erudición de Wikipedia o de solapilla del Reader’s Digest.

Estos antifranquistas, comparsas del NOM, fervientes LGTBI y promulgadores de leyes despóticas, están empeñados en organizar, mediante todas estas lacras, la vida colectiva. Con ello intentan burlarse de la esperanza ciudadana, infectando a ésta con sus perversiones, y sus imposiciones ideológicas para que pierda al unísono la dignidad y la inocencia.

Su afán es la confrontación civil, poner a un hombre contra otro, una vida contra otra, una obra contra otra, midiendo todo ello en términos de permanencia indefinida en el poder, de privilegio económico o degeneración moral, conscientes de que con ello se puede conseguir una nueva guerra civil como venganza.

El militante antifranquista de la época democrática que estamos padeciendo, que pasa de la cómoda convivencia con el «antiguo régimen» a su patológica denuncia, dirigiendo la propaganda y la policía política del nuevo, demuestra con su comportamiento que es un vivo exponente de la antiespaña y que el triunfo definitivo de la libertad y la justicia bajo las izquierdas resentidas y sus ambiguos cómplices es imposible.

La hispanofobia ha encontrado su gran coartada en el antifranquismo. Al franquismo se deben éxitos tan cruciales como haber derrotado a la revolución marxista, al separatismo, al maquis y a un criminal aislamiento internacional que buscaba crear hambre masiva en España.

El franquismo salvó a España de la guerra mundial y a él se debe la construcción de una sociedad nueva, libre de los odios y del pasado frentepopulista, reconciliada consigo misma, satisfecha de sus logros y próspera, que crecía económicamente como nunca antes o después.

Los antifranquistas y sus cómplices son perturbadores sociales y creadores de un mundo desgraciado. Odian a Franco porque consiguió todo lo que acabo de resumir para la patria. Esa gente sigue empeñada en dividir a España, en asfixiarla con su pestífera corrupción y su política del embuste.

Son gusanos roedores de las conciencias en busca de su destrucción. Arañas monstruosas a quienes millones de ciudadanos aún ofrecen miel, pese a tenerles aprisionados en su red mortal.

Millones de electores que se complacen en afilar la hoja que habrá de degollarles. Millones de necios, masoquistas o sectarios que, unidos al deforme y ponzoñoso sapo antifranquista, maldicen a la verdad, a la libertad y a la excelencia.

Jesús Aguilar Marina ( El Correo de España )