En respuesta al retrato, rigurosamente histórico, que el portavoz de VOX hizo de Francisco Largo Caballero, su nietecita Sonia Largo ha escrito una almibarada epístola que, de haber sido enviada a la factoría Walt Disney, hubiera servido como catón para dibujar a Bambi.

Supongo que los nietos de Atila tendán la misma visión de su abuelito que la cándida Sonia tiene del suyo, al que la Historia y sus cómplices y camaradas (socialistas, comunistas y anarquistas) ya calificaron no como al célebre caballo del bárbaro Rey de los Hunos, sino como acémila de Stalin. Pues eso fue esencialmente tu abuelito, Sonia, la mula del tirano soviético y del Terror Rojo en España.

Tu abuelo, Sonia, era hijo de lo que hoy se llama, eufemísticamente, un maltratador; o sea, un miserable cabrón que majaba a palos a su mujer y eso, según toda la bibliografía psiquiátrica, imprime carácter, de ahí que su hijo, Francisco Largo Caballero, tratara a latigazos a España, a los españoles y a tu añoradísima República, que él detestaba por burguesa y tu ignorancia oceánica evoca como la Arcadia Feliz.

Tu árbol geneálogico, Sonia, es como para colgarse de una de sus ramas con una soga al cuello: bisnieta de un cobarde que apaleaba a su mujer y nieta de un asesino y un ladrón. Una familia tan ejemplar como la de Pablo Iglesias.

Eso fue tu abuelo, Sonia, al que tu ignorancia y tu amnesia, la mala leche de tus biberones y la cheka idealizada como balneario-reformatorio de fascistas irredentos, te han hecho evocar como el abuelito de HeidiFrancisco Largo Caballero fue un asesino y un ladrón, además de un negrero con los trabajadores españoles.

Siendo ministro de Trabajo en 1931, una delegación de mineros asturianos fue a visitarle al Ministerio para que les concediese 15 días anuales de vacaciones pagadas. Tu abuelito, Sonia, los echó a patadas de su despacho argumentando que “una cosa es socialismo y otra cachondeo”.

Tuvieron que venir Franco y los falangistas para darles a los trabajadores españoles un mes de vacaciones pagadas, dos pagas extraordinarias, Seguridad Social y Mutualidades Laborales, entre otras muchas cosas. ¡Qué malos eran los fascistas que vencieron a tu abuelito, Sonia!

En 1933 tu abuelito, Sonia, ya se había convertido en un cipayo de Stalin. Ya era un adicto a la sangre y a la tortura que abominaba de la vía parlamentaria, ensalzaba la violencia criminal revolucionaria y predicaba la guerra civil para imponer, al margen de la legalidad republicana, el modelo bolchevique de 1917.

Así lo escribe él mismo en El Socialista (9-XI-1933): “Tenemos que luchar hasta que ondee, no la bandera tricolor de una República burguesa sino la roja de la revolución socialista”.

Que “socialismo y democracia son términos antagónicos” no lo dijo Franco, lo berreó hasta la culminación de esa evidencia criminal tu abuelito, Sonia, el mismo que, caldeándose el pucherazo electoral de febrero de 1936, afirmó sin pudor y sin conciencia (no la tuvo jamás) que “para impedir el triunfo de las derechas iremos a la guerra civil”.

Dicho y hecho. Las amenazas de tu abuelito, Sonia, no eran fanfarronadas, eran sentencias de muerte.

Fouché y Talleyrand eran el crimen y la mentira. Tu abuelito, Sonia, era, él solito, el crimen, el expolio y la traición. El mayor robo de la Historia de España lo perpetra Francisco Largo Caballero en plena Guerra Civil expoliando, en octubre del 36, las reservas de oro del Banco de España para metérselas en el bolsillo al Zar soviético que dirigía desde el Kremlin la matanza de españoles mientras su verdugo, tu abuelito, Sonia, dejaba a España sin sangre en las venas y sin oro en sus arterias financieras.

Ese era tu abuelito, Sonia, un ladrón y un asesino, además de un cobarde y un traidor que, cuando las Legiones de Franco entonaban ya el Peán de la Victoria, huyó como una rata abandonando en la traición y el desamparo a sus compañeros, camaradas y cómplices, como Julián Besteiro que decía que tu abuelito, Sonia, era el responsable de la bolchevización del PSOE, el instigador de la Revolución de Asturias y de la declaración de independencia de Cataluña en 1934 y el principal muñidor de la Guerra Civil.

Al igual que Atila no entró en Roma para destruirla, tu abuelito, Sonia, sólo hizo una cosa decente en su indecente vida: servir en el Consejo de Estado del Directorio Militar del General Primo de Rivera en 1924. Pero eso, bonita, tampoco te lo habrán contado, ¿verdad?

Hala, guapa, sigue haciendo de Heidi buscando a su abuelito, pero no entre los bucólicos paisajes de los Alpes, encontrarás las huellas de sus zarpas y la guadaña de su aliento en los cementerios y en las chekas de toda España.

A una de ellas se llevaron a mi abuelo, porque no encontraron a mi padre, unos hijoputas que venían a buscarle para invitarle a un paseo de parte de tu abuelito, Sonia.

Eduardo García Serrano ( El Correo de España )