SONRÍA, POR FAVOR

Todos hemos soñado con despertar un día en medio de una nevada apocalíptica, sin más acompañamiento que el de la sinfonía del silencio. Yo también me he sentido muchas veces presa de esa clase de espejismos. Lo más sonoro de la nieve es su estruendoso silencio. La naturaleza se detiene, dejan de volar los pájaros, palidecen los árboles y las sombras se acoplan detrás de la luz formando un todo uniforme y prolongado.

Para los niños se trata de un sueño recurrente, pero luego crecen y la vida se encarga de destrozar el misterio. En el único lugar donde la gente muere sonriendo es en la nieve. No tiene ninguna gracia pero así son las cosas. Los forenses fueron los primeros que se asomaron al abismo del más allá y descubrieron un indescifrable gesto de felicidad en el rostro de los muertos recientes. Y es que la muerte ha dejado de ser un infortunio, tanto para los mamuts como para el hombre blanco. El cielo no existe. Lo que existe es la placidez del cuerpo después de palmar.

Hubo un tiempo en que nevaba intensamente todos los inviernos y los niños combatíamos el aburrimiento haciendo muñecos de nieve con una zanahoria en la nariz. A veces sucede que la nieve llega sin avisar y entonces se convierte en un bucle y pasa lo que pasó el otro día en la AP-6, donde todavía hay camiones mirando a Cartagena.

Para los españoles, la nieve es Nueva York y la pista de patinaje del Rockefeller Center. Por el contrario, para los neoyorkinos, la nieve son los cincuenta grados bajo cero de la Siberia profunda. En cambio, para quienes vivimos en la mediocridad de una urbanización madrileña (ni frío ni calor: cero grados), nieve es lo que se ve durante 18 horas en la autopista de peaje Adanero/ Villalba, con miles de conductores bloqueados bajo la atenta mirada del telediario. Lo importante no es que a los conductores se les olvidaran las cadenas. Lo importante es que el telediario estuviera allí para contarlo.

Hace años nevaba y no pasaba nada irremediable. Viajábamos de noche porque así los niños no daban guerra, y si les atacaba la sed les proporcionábamos agua caliente de una botella que teníamos a los pies, junto al chorro de la calefacción. Tampoco teníamos móviles, ni conciencia de necesitarlos. Ahora, en cambio, si se nos olvida el móvil, la botella de agua o una bolsa de bocabits para mascar la tragedia, la liamos parda.

La nieve es un cuento de Navidad que termina mayormente en el infierno. Sonría, por favor.

Carmen Rigalt ( El Mundo )