Que la guerra civil española  es un tema de extraordinaria importancia, no necesita ser explicado: basta notar el apasionamiento que sigue suscitando, en España y fuera.  Los comentarios de Isabelle Schmitz en tuíter sobre la entrevista (8 páginas) que me hizo Le Figaro Histoire acerca de Les mythes de la guerre d´Espagne va por 1,2 millones de visualizaciones, y el libro está en Amazon como nº 1 en la sección de Historia del siglo XX.

Y allí y aquí se han subido por las paredes  los que Julián Marías llamaba “profesionales de la mentira” o Besteiro promotores de un “Himalaya de falsedades”. Su furia nace de ver que se ha abierto una brecha en el muro totalitario de silencio con que quieren impedir el libre debate intelectual.  Por mi parte lo vengo  proponiendo muchos años, aunque eso les da pánico, que  disimulan con argucias infantiles.

La cuestión es muy simple: ¿están los de Liberation, están los de infolibre , están esos historiadores dispuestos a debatir , sí o no? No lo han estado nunca, lo que quieren es aplastar cualquier disidencia, incluso por ley, que solo puede ser una ley liberticida.

Pero tal vez ahora reflexionen, y si es así, yo solo les aconsejaría dos cosas:
Primera, que dejen de llamar “propaganda franquista” a la abundantísima documentación de la propia izquierda en que me baso muy prioritariamente en mis libros y artículos, y que ellos ocultan o disimulan sistemáticamente. ¡Llamar propaganda franquista a la documentación de izquierda…! Eso es grotesco.

Segunda, que dejen de emplear el término “revisionista” como si fuera un pecado mortal. Soy revisionista porque la revisión es una exigencia básica de la investigación racional y científica, desde Descartes y mucho antes, y porque el revisionismo es precisamente lo contrario del dogmatismo y la manipulación que ellos han querido imponer por ley totalitaria en España.

Pondré un ejemplo: uno de los que se ha enfurecido,  no contra supuestas falsedades  en mi entrevista, sino contra el hecho de que se publicase –son así de demócratas–, es el pintoresco Ángel Viñas, una estrella del diario El País y otros muchos medios.  Viñas ha puesto en tuíter la célebre foto de Franco con Hitler en Hendaya, para protestar por la entrevista.

Al pobre hombre le parece esa foto  un argumento decisivo. Su mala memoria o su ignorancia histórica, que todo puede ser,  le hacen pasar por alto dos cosas: que  aquella reunión decidió, en realidad, que España se abstendría en la guerra europea. Es decir, se acordó que España entraría en ella, pero sin fecha; y unos meses después Franco comunicó abiertamente a Hitler que el acuerdo quedaba obsoleto.

Y no importa menos recordar que por entonces Hitler no había cometido ningún genocidio, como tampoco cuando ayudó a Franco en la guerra civil. Mientras que Stalin,  el protector y orientador del Frente Popular a través de Negrín, acumulaba ya millones de cadáveres a sus espaldas. Hitler nunca dirigió, política ni militarmente, a Franco, mientras que Stalin  sí lo hizo con el Frente Popular.

Y debe recordarse asimismo la intensa admiración de Viñas por Negrín y, a través de él, por su protector Stalin. Ese es el nivel grotesco de estos fabuladores de la historia. No puede extrañar que traten de impedir el debate, incluso con leyes totalitarias.

Viñas, por cierto, fue funcionario franquista de confianza (de “libre designación”). Solo después de muerto “el dictador” se rebeló audazmente contra él, acusándole de crímenes y corrupción. Es decir, presentándolo como un jefe del PSOE, el partido de Viñas en su facción negrinista-stalinista. Siempre encontramos el toque grotesco en esta gente.

He recibido bastantes felicitaciones por la entrevista, y digo: felicítense ustedes mismos, porque este pequeño éxito abre una brecha, como decía. Y hagan algo, muévanse, difundan y defiendan, amplíen la brecha.

Porque de aquella guerra han dependido en última instancia la paz, la integridad nacional, la  prosperidad, la transición, la democracia o la monarquía, puestas cada vez más en peligro por los “antifranquistas” estilo Viñas, tan abundantes hoy, y cada vez más radicalizados.

Pío Moa ( El Correo de España )