No es la primera vez que en la mesa directiva de Batasuna, ahora Sortu, se sientan miembros de ETA. En realidad han estado siempre allí porque ambas organizaciones eran la misma, según quedó establecido en la jurisprudencia: una estructura terrorista con dos cabezas sin que quedase demasiado claro cuál de ellas era la que dirigía la estrategia.

Constituían una unidad articulada que operaba con un mecanismo sincrónico de reparto de tareas, desde el señalamiento de objetivos a la cobertura social, desde el ‘entrismo’ institucional a la presión callejera, desde los tiros y las bombas al discurso teórico de justificación de la violencia.

La única novedad consiste en que tras el cese de los atentados esa identidad simbiótica puede expresarse a cara descubierta, sin aquellas capuchas siniestras que trataban de disfrazar la vileza del proyecto criminal con un simulacro de iconografía guerrillera.

La incorporación de David Pla y Elena Beloki a la dirección de Sortu no es una provocación, o no sólo, sino un mensaje dirigido a esas mentes biempensantes que aún siguen confiando en que el posterrorismo se avenga a reinsertarse en paradigmas políticos normales.

Por qué iba a hacerlo si nadie, salvo unas víctimas cada vez más solas, planta cara a su autoafirmación arrogante. Si tiene motivos para considerarse parte del bloque ‘progresista’ de Sánchez. Si el Gobierno lo ha convertido en interlocutor cotidiano y el PSOE le da esperanzas de ayudarlo a desalojar al PNV del aparato de poder autonómico vasco. Si el socio de la coalición lo inviste del rango de participante en la dirección del Estado.

Si ha recibido trato honorable sin condenar de forma explícita los 850 asesinatos. Si atisba la pronta puesta en semilibertad de sus más reputados sicarios. Si la izquierda lo saluda y bendice como agente democrático. Lo raro sería que en esas condiciones renunciase al estatus que le han regalado sin necesidad de dar un paso.

No, no son Otegi y los suyos quienes se pasan de la raya. Es la alianza gobernante la que les da cancha mediante el blanqueo moral y la despenalización política del legado etarra. Avanzan sin temor ni trabas con pleno dominio de las circunstancias y su desafío continuará hasta donde les permita la confianza que les ha sido otorgada.

Quizá llegue el día en que veamos a los comandos en excedencia explicar el proceso de ‘paz’ -aquella solemne ‘pazzz’ de Zapatero, con mucho arrastre de zetas- en simposios, universidades y escuelas. Escribirán a su manera el relato de la tragedia y se sentirán autorizados a dar lecciones de convivencia.

Está por comprobar que no acaben exigiendo disculpas ajenas. Su alarde de orgullo, la jeta con que enarbolan sus banderas de infamia, es nuestra vergüenza. Y nos interpela como sociedad capaz de extraviar, por pancismo, desmemoria o alergia a los problemas, sus más elementales bases éticas.

Ignacio Camacho (  ABC )