He crecido en un mundo donde el miedo a pasar el filtro de lo políticamente correcto ha sido una constante: desde el instituto, pasando por la universidad al puesto de trabajo, siempre hay algún arbitro con el que ser cauteloso, que si una profesora progre por aquí, que si un catedrático marxista por allá, y en fin, todos esos que van a decidir si mereces o no un aprobado o un ascenso y a los que debes evitar ofender con ideas reaccionarias, osea con las tuyas, a pesar y con las suyas. Despotismo institucional desde que tengo uso de razón.

Los medios de represión y mentira oficial subvencionados por el capital globalista, son la inspiración inmediata del miedo: desprestigio, ostracismo civil y tortura mediática al que se oponga a los postulados de la agenda 2030; eso de «no tendrá nada y será feliz». Periodistas, historiadores de talento excepcional a los que la represión progresista ha conseguido desprestigiar de tal forma que ni si quiera los que inspiran sus discurso parlamentarios en sus obras se atreven a citarlos, so pretexto de parecer poco rigurosos.

Esa sensación de sufrir un mal inminente en la persona o bienes, es una apariencia; no es que expresarse libremente no sea arriesgado, pero no es todo lo arriesgado que los medios y comisarios políticos advierten, y desde luego ni de lejos como a ellos les gustaría.

Las personas tendemos a darnos demasiado importancia –el presidente del gobierno es un ejemplo preclaro–, los tiranos los saben y juegan con nosotros a la amenaza velada, como si la administración del estado tuviera los medios humanos y materiales de revisar cada perfil, grupo de whatsapp, publicación electrónica de cada ciudadano. Es totalmente inverosímil, y si uno se para a pensarlo termina a carcajadas dándose cuenta de los ridículo que resulta anunciar una ley para perseguir al disidente en plena sociedad de la información.

Esa apariencia de posibilidad sancionadora está en el inconsciente de la derecha, son demasiados años de tertulianos del corazón usurpando el debate político, personas profundamente incultas tratando de pasar por intelectuales, de bípedos violentos imponiendo máximas morales cimentadas sobre la emocionalidad y bastedad de su delantera, personajes que podrían contentarse con dar las uvas, exhibir sus atributos y crear polémica estética, que es en lo que son verdaderos profesionales.

El miedo solo es insuperable para el que se conforma con vivir arrodillado ¿de que sirve un ascenso, el prestigio social, incluso la comodidad económica si uno no es libre de emplearse como quiera? Puede que en una época, en una circunstancia, lo más prudente sea pasar desapercibido, sobre todo cuando una sociedad no está en guerra dialéctica, cuando hay un consenso de termino medio, en el que no es necesario defender unas libertades aseguradas por la paz social; pero en el contexto actual en la que las libertades se están deteriorando a pasos agigantados, y donde es manifiesto que se nos está conduciendo a una tiranía de facto, la moderación que una época de normalidad es prudente, en esta situación de excepcionalidad se convierte en una cobardía injustificable.

Ellos saben que no tienen sobre nosotros el poder de que alardean, harán todo lo posible para que creamos que pueden controlarlo todo; de ello dará buena cuenta ese terrible Rasputín que el asno de la Mocloa tiene a sueldo, un demagogo instruido en propaganda y fascinado por todo lo que brilla, digno heredero de su parentela histórica.

La realidad es que estos canallas tienen muchas debilidades, son hombres y mujeres con un alma miserable, individuos que se prostituyen moralmente por dinero, poder, prestigio… un caramelito para los monopolistas a los que sirven sin contemplaciones, una personificación de los errores éticos que hemos cometido como nación –y esto es responsabilidad de todos–, y aunque son extremadamente peligrosos a veces son tan ruines que dan hasta lástima: perder toda dignidad personal por un “un puñado de dólares”.

Ese miedo ilusorio tiene que desaparecer, ya no solo porque su poder no es tal, si no porque un fantasma ha empezada a recorrer España: esos mismos que han pisoteado la memoria de un pueblo han despertado a sus clanes, y ya no pararán hasta que todo español recupere la dignidad que le han arrebatado.

Lo que empezó como un aliento patriótico empieza a convertirse en legión: 75.000 afiliados a Vox y subiendo. No tardará mucho en volver la libertad y la justicia a España, por eso lo que cada uno haga ahora lo llevará de por vida: o fue un cobarde pusilánime o fue un valiente patriota. Ellos pasarán, y al final solo quedarán en un mal recuerdo, y aunque ahora nos vemos amenazados por la muerte y la ruina les pido que sean optimista, saldremos de esta, y construiremos el milagro español.

Las cosas siempre parecen más difíciles de lo que en realidad son, confíen, tenga una fe resuelta en en la victoria.

Carlos Ferrández López ( El Correo de España )