EL SUMA Y SIGUE DEL ESPERPENTO INDEPENDENTISTA

Si no estuviéramos hablando del mayor desafío al que se enfrenta el Estado en mucho tiempo, un asunto muy grave que antes que nada está provocando una dramática fractura en la sociedad catalana, cabría tomarse a broma el vodevil en el que han convertido los dirigentes independentistas su plan soberanista. La de ayer fue una jornada kafkiana en la que, con la presidenta del Parlament, Carme Forcadell, a la cabeza, se comportaron como auténticos trileros políticos.

La Mesa de la cámara autonómica, con mayoría de partidos independentistas, decidió aplazar sine die la tramitación de la Ley del referéndum que fue registrada el pasado 31 de julio por Junts pel Sí y la CUP. Es cierto que no estaba en el orden del día. Pero habían habilitado la segunda quincena de agosto en el Parlament con este propósito;no querían esperar a septiembre para presentar la primera de sus pretendidas normas de desconexión. Y, siguiendo los usos parlamentarios habituales, la reunión de ayer tenía que servir para dar trámite a esa Ley del referéndum que Forcadell ni siquiera ha firmado. 

Los independentistas demuestran así, por un lado, su temor a tener que enfrentarse a responsabilidades judiciales. Porque el Gobierno impugnará la norma en cuanto sea admitida a trámite. Pero, además, confirman que un asunto tan delicado se les ha ido por completo de las manos. En las filas del soberanismo cunde el desconcierto ante un modo de obrar tan esperpéntico por parte de sus líderes. Como ironizó el portavoz del Gobierno, al término del Consejo de Ministros, estamos ante “una secesión sin calendario”. Méndez de Vigo insitió en que no habrá referéndum y subrayó que el Ejecutivo “tiene previstos todos los escenarios”, sin descartar la activación del artículo 155 de la Constitución.

Lo ocurrido ayer nos trae a la memoria la conversación de Artur Mas en otoño de 2014 en la que el entonces todavía presidente de la Generalitat pedía a los partidos que promovían el referéndum ilegal que tuvieran mucha “astucia” porque, decía, “sobre todo, tenemos que engañar al Estado”. Lo que pasa es que, con la estrategia de jugar al despiste, Junts pel Sí no engaña a nadie, y sólo contribuye a aumentar la tensión en Cataluña y a disparar el descrédito de las instituciones que controla y que usa de un modo partidista inadmisible en cualquier democracia. Porque la Mesa del Parlament, escondiendo la Ley del referéndum, también trata de ningunear a los partidos de la oposición e impedirles que puedan pedir un dictamen al Consejo de Garantías Estatutarias de Cataluña.

La admisión a trámite supondrá un gravísimo punto de inflexión en el procés. El Govern ha advertido que ignorará todo veto del Constitucional; si ello ocurriera, estaríamos ante un desacato que acarrearía a sus responsables serias consecuencias. Por lo pronto, el Alto Tribunal mantuvo ayer la suspensión cautelar de la reforma del reglamento con la que el Parlament pretendía aprobar de forma exprés sus leyes de desconexión, empezando por la de la consulta ilegal del 1-O.

Pero, en el suma y sigue del esperpento independentista, la misma Mesa de la cámara catalana, mientras jugaba al escondite, aprobaba algo tan delirante como la presentación de una querella contra Rajoy, Sáenz de Santamaría y otros dirigentes que no se presentaron a la comisión de investigación de la llamadaoperación Cataluña.

Estamos hablando de una pantomima que, desgraciadamente, fue puesta en marcha por una institución democráticamente elegida, como es el Parlament. La mayoría independentista impuso su rodillo para investigar un supuesto complot político, mediático, policial y judicial orquestado por el Estado contra el procés; casi nada. Y citaron a buena parte de la clase política española e incluso a directores de periódicos con tal de crear un aquelarre propagandístico. Es obvio que ni Rajoy ni la vicepresidenta tenían obligación alguna de acudir a semejante mascarada, puesto que la función de control político al Gobierno se ejerce en el Parlamento de la Nación. Pero ya nada sorprende en esta huida hacia adelante del independentismo que ha convertido su desafío al Estado en una tragicomedia.

El Mundo