SUMISIÓN

El Chernóbil de Sánchez (carente de la fibra moral del suicida Scherbitski) no hubiera sido posible sin la línea de «agradaores» mediáticos que apacienta el Consenso, de lo liberalio a lo prograjo. Lo demás lo ha hecho el gen de la sumisión, del que es portador el español.

Para desentrañar la sumisión no hay que ir a la dialéctica hegeliana del amo y el esclavo, de la que arrancaría la historia humana. Ni siquiera al «problema de Hobbes», o problema de justificar la obligación política de los gobernados. Nuestro Santayana, uno de los cuatro grandes de Harvard (y nunca, ay, citado por Ortega), tiene en «La vida de la razón» la fábula del carnero castrado que resumimos:

-Un salvaje con hambre y frío va donde pasta un rebaño de ovejas y mata a un cordero y se viste con su piel. El salvaje ataca por segunda vez al rebaño, y así hasta acostumbrarse. Pero una manada de lobos ataca un día a las infelices ovejas. ¿No las defiende entonces su primitivo enemigo? ¿No se identifica con sus intereses al punto que su total extinción o su padecimiento lo alarman también a él? Y en la medida en que procura su bienestar, ¿no se ha convertido en un buen pastor?

Y si un carnero castrado razona sobre el cambio de su condición, se estremece al recordar aquellos primeros episodios, y la contribución de ovejas y vellones que exige el nuevo gobierno. Pero le parece poco comparado con lo exigido por lobos, enfermedades, heladas y asaltantes casuales. Y brota en él la admiración por la sabiduría y belleza del pastor, y hasta recuerda con agrado alguna caricia ocasional que le prodiga.

Para el carnero castrado, una caricia es todo. He ahí el Estado de bienestar y el vínculo moral de agradecimiento que establece en los subvencionados, que aceptan con agrado el despotismo de un jefecillo de partido. Un economista de verdad, Schumpeter, atribuyó la sumisión a nuestra imbecilidad ante el poder: «Nuestro pensamiento se hace asociativo y afectivo».

Y aplaudimos en los balcones.

Ignacio Ruiz-Quintano (ABC)