SUPREMO PEQUINÉS

La sentencia del Supremo contra la familia Franco podría haberla suscrito, en mi modesta opinión, un tribunal de Pekín sobre los restos de Mao, siempre que lo ordenasen Xi Jinping y el partido comunista chino, el mayor carcelero del mundo.

Pero Xi se ha proclamado dictador vitalicio para superar a Deng y a Mao, y ha restaurado el leninismo como doctrina esencial del partido, el pueblo y el Estado, así que no quiere quitar el gigantesco retrato del genocida de la plaza de Tiananmen.

La Justicia, como aclaró Lenin en 1918, está para servir al pueblo, que es el partido, que era él, y luego Stalin, y, salvo Yeltsin, todos hasta Putin. La ventaja de un régimen totalitario es que no hay que darle vueltas a la Ley, se trata de obedecer al poder político, callar y ascender.

El problema del ponente Lucas y los que por unanimidad o en cuadrilla lo suscriben, como si Madrid fuera Pekín, es que se han excedido o delatado usando un lenguaje amenazador contra los Franco, el prior, el juez Yusti y cualquiera que discuta la Ley de Memoria Histórica, que es la negación de la Transición y la Ley de Amnistía, o la arbitrariedad del Parlamento o el sectarismo del Gobierno. Acatar la sentencia no les basta, quieren que la ovacionemos.

Dicen que la familia Franco «no goza de una facultad incondicionada de elección del lugar de enterramiento de sus deudos». Y se recrean: «No forma parte ni del derecho a la libertad religiosa ni del derecho a la intimidad personal y familiar tener siempre la última palabra sobre el lugar de sepultura de los parientes».

Eso será en Pekín desde 1949 y en España ahora. Pero es un atropello. Se priva a los Franco, por ser ellos, de un derecho humano y constitucional que se apropia el poder: el placet de inhumación. Dicen que caducó el derecho de los Franco.

¿Desde cuándo? ¿No ofreció la familia trasladarlo a su cripta de la Almudena, y salió himplando Calvo a negarlo? Según esta doctrina tendencioso-administrativa, esa familia no tiene el derecho que concede al Gobierno: enterrar a su muerto dónde, cuándo y cómo quiera: con nocturnidad y clandestinidad. Bonita forma de superar la Dictadura: a unos se les anima a rescatar a sus muertos, a otros se les impide enterrarlos.

A Franco lo metían bajo palio en la Iglesia los obispos. Hoy serían juristas de reconocido prestigio pequinés.

Federico Jiménez Losantos ( El Mundo )