SUSPENSO GENERAL

La conversión de España en un estado-masa, acrítico, dúctil y acomodaticio para la instauración del pensamiento único está en marcha. El aprobado general en todos los niveles de la educación es la primera medida de alelamiento masivo por parte de un Gobierno que ha encontrado en la pandemia la grieta perfecta por la que vertirnos su ácido bolivariano.

Con esa decisión se cumplen dos objetivos básicos del programa populista: la implantación del igualitarismo, que permite construir una sociedad homogénea en la que los tontos y los listos, los vagos y los responsables no se distinguen en su obediencia al bienhechor, y la anulación del conocimiento, que es una fuente de pensamiento propio perjudicial para el plan de idiotización general.

La igualdad de oportunidades y el discernimiento son lacras liberales, fachas por tanto, que sólo conducen al infierno de la libertad. El populismo necesita construir necios, esclavos sociales. Y eso sólo se logra arrocinando y repartiendo la cartilla.

Primero se vacía la cabeza de la gente y luego se le da una paguita, que en este caso se va a denominar renta mínima vital. Nada más sencillo de dominar que un ignorante subsidiado. Primero lo arruinas y luego lo salvas para que nunca olvide que te lo debe todo.

La segunda iniciativa del Gobierno para la institución de la necedad nacional es la propuesta de un pacto-trampa a la oposición aprovechando los estragos de la pandemia para reclamarle unidad y lealtad. El truco de los pactos que Sánchez propone a sus adversarios es una maquinación para hacer lo que le da la gana sin contestación.

Consiste en crear una confusión entre la deslealtad y la discrepancia, de manera que las críticas a su gestión sean percibidas siempre como un ataque a la nación. Es decir, la unidad no es sentarse a hablar con los demás para acordar una acción común por encima de partidismos, sino acallar sus quejas e inhabilitar su función fiscalizadora.

El mecanismo es más simple que el de un búcaro: como estamos en una crisis histórica, no podemos permitirnos trifulcas parlamentarias, de manera que el presidente es la voz única y todo el Estado se concentra en él. Si maldices su actuación, estás maldiciendo a España. O le aplaudes, o eres un traidor.

Por lo tanto, ya tenemos el aprobado general para garantizar el proceso paulatino de embrutecimiento del pueblo, el subsidio y la abolición de la oposición. Todavía nos quedan el Rey y las fuerzas de seguridad. Iglesias ha intentado juntarlo todo en un solo comentario en el que aboga por una república «donde jamás viéramos a un Jefe del Estado aparecer vestido con un uniforme militar».

Podría estar refiriéndose a Fidel Castro o a Kim Jong-un, al que ya vistieron de general en su octavo cumpleaños para anunciar que sería el sucesor de su padre. Pero a él esos uniformes no le molestan. A él le incordian sólo los militares democráticos, que se están jugando el tipo, por cierto, desinfectando geriátricos para evitar que nuestra cifra de muertos siga siendo una de las más sonrojantes del mundo.

Y, por último, el plan se culmina controlando los medios de comunicación, esos demonios de la libertad que tienen la mala costumbre de buscar la verdad. Su modelo es el «Granma» cubano. Sólo hay una verdad, que emana siempre del Gobierno, y todas las demás están prohibidas.

Pero el programa tiene un gran escollo: el virus ha llegado a todas las casas de España. Y aunque acabemos siendo tan estúpidos como pretenden, ni los tontos olvidan a sus muertos. Estos mismos gobernantes, tan aficionados a la memoria histórica, son quienes nos lo han inculcado.

Por eso aún tengo la esperanza, perdonen mi inocencia, de que esta crisis termine con un epitafio sobre sus escaños: suspenso general.

Alberto García Reyes ( ABC )