TABARNIA

Cuando nacieron fueron llamadas «autopistas de la información». No sabíamos entonces que por ellas iban a circular con igual velocidad y prestigio la mentira que la verdad. Ahora las llaman «redes sociales». Las echan en los caladeros de incautos, insultadores y dictadores goebbelianos que convierten la mentira en verdad tras hacerla «viral», como le llaman a lo imparable en los ya no tan nuevos modos de comunicación. Hasta tal punto la mentira tiene igual tratamiento que la verdad en las redes sociales que han difundido una idea digamos «intraseparatista» en Cataluña, a la que llaman «Tabarnia», y yo no sé si es realidad o cachondeo. «Tabarnia» me suena a falso país de opereta, como de obra teatral humorística, que quizás haga frontera con el Mónaco de Jardiel Poncela en «Carlo Monte en Montecarlo» o con un país imaginario de comedieta mala italiana con Vittorio de Sica.

Según está mentirosa verdad o esta realidad de pitorreo, lo de Tabarnia es que «visto lo visto» (como se dice en Tertulianés) en las elecciones autonómicas catalanas, que Barcelona y Tarragona no quieren irse de España y votan a Ciudadanos, y Lérida y Tarragona quieren independizarse teniendo como presidente ora a un prófugo de la Justicia, ora a un presidiario por sedición, los señores de las provincias litorales de esta parte del Reino de Aragón han decidido también separarse, no de España, sino de la República Independiente de Cataluña con la que los gachés del lazo amarillo sigue erre que erre, a pesar de lo que dijo Su Majestad el Rey al cortar en su mensaje de Navidad otras dos orejas en materia de unidad de la Patria y cumplimiento de la Constitución.

El mensaje de Tabarnia no es borracho de taberna precisamente. Está cargado de lógica. Dice más o menos así: «Este ámbito geográfico, que incluye comarcas catalanas de Barcelona y Tarragona, es lo que muchos han dado en llamar Tabarnia, que aspira a ser una nueva comunidad autónoma y que incluye «los territorios ricos, cosmopolitas, abiertos, bilingües y no separatistas de Cataluña».

Sus impulsores se inspiran en situación anteriores como la separación de Albacete de la Región de Murcia, La Rioja de Castilla La Vieja o Madrid de Castilla La Nueva. Entre otras cosas denuncian que el voto de un barcelonés vale la mitad que el de las zonas más independentistas de Cataluña: 48.521 votos les cuesta a los partidos sacar un escaño en Barcelona frente a los 30.048 necesarios en Gerona o los 20.915 de Lérida». Y añaden los de los territorios donde ganó Ciudadanos frente a los independentistas: «Nosotros tenemos un déficit fiscal negativo con Cataluña, nuestro voto vale 4 veces menos que en Gerona y Lérida, y creemos firmemente que a nuestras empresas no les interesa la independencia. Es malo para el turismo y la convivencia. Reclamamos el derecho a decidir de Tabarnia». Y añado que el antiguo «cinturón rojo» de Barcelona es ahora el «cinturón naranja» de Ciudadanos.

Aparte de esta razonada constatación de la realidad a la que sólo le sobra ese nombre de opereta de «Tabarnia», lo que ocurre en Cataluña también se ha dado en las últimas elecciones en Andalucía. Igual que hay una Cataluña exterior y litoral que no tiene ningún interés en dejar de ser España, frente a un interior ilerdense y gerundés rural, acatetadamente deslumbrado por el prófugo y el presidiario, cortito de PIB y largo de odio a España, en Andalucía ocurre algo parecido. Hay un litoral rico, que no vive de las subvenciones, sino de la agricultura de primor (casos de Almería y Huelva) o del turismo, en donde no gana el clientelismo del PSOE, sino el PP, y una Andalucía interior, subvencionada, la del PER y el chófer de la cocaína. Y nada digo del comportamiento electoral «a la barcelonesa» de las capitales andaluzas. También podía haber una Tabarnia del Sur. ¿Será por separarse?

Antonio Burgos ( ABC )