Siempre me ha producido una mezcla de vergüenza ajena e indignación la imagen de los milicianos socialistas del Frente Popular intentando fusilar la imagen de Cristo en el madrileño Cerro de los Ángeles. Ocurrió el 28 de julio de 1936, y ninguno de los seis valientes milicianos logró hacer blanco en el Sagrado Corazón de Jesús.
Unos días más tarde, la barbarie roja hizo volar por los aires el monumento gracias a una carga de dinamita. El talibanismo anticristiano ha sido así siempre, en todo tiempo y lugar, porque su origen es el mismo: el odio a la Fe.
Una alcaldesa comunista de un pueblo de Córdoba, Aguilar de la Frontera, decidió mandar a unos operarios municipales la semana pasada para que arrancasen de su sitio una Cruz ubicada en un llanito del convento de las Hermanitas Descalzas.
Según la alcaldesa, llamada Carmen Flores, la Cruz tenía «connotaciones franquistas», de lo que hemos de deducir que Francisco Franco no solamente ganó la Guerra Civil española, sino que pudo haber combatido al Imperio Romano, porque fue coetáneo de Nuestro Señor Jesucristo. Siempre según el razonamiento comunista de la señora alcaldesa.
Después de serrar la Cruz por su base, los operarios cordobeses llevaron el monumento hasta el vertedero municipal, donde lo dejaron abandonado, como se abandona un televisor estropeado o unas zapatillas viejas. Porque para estas pobres gentes, igual que para los milicianos marxistas del Cerro de los Ángeles, el mayor símbolo del amor es para ellos un motivo de odio. El símbolo de la hermandad y de la paz es para ellos un aliciente para la guerra.
Las democracias purulentas como la nuestra, donde el relativismo, el ateísmo y la ideología de género constituyen la única brújula moral, suelen alimentar las más bajas pasiones de la condición humana. Por eso a las lacras de la pornografía rampante, la bajeza moral o el gusto por la mentira y la falsedad, suelen añadir estos detalles de odium fidei, muy aplaudidos luego por los fariseos del siglo XXI.
Esos tertulianos y columnistas, de izquierdas y de derechas, que han logrado convencer a la mayoría de la sociedad de que cuanto más se intente humillar a los cristianos, más consolidados están los derechos y las libertades públicas.
Me resulta fácil imaginar la sonrisa de Nuestro Padre Celestial, mirando como mira un padre a un hijo que sabe que es tonto, pero que todavía puede cambiar. Ese padre que no pierde nunca la paciencia, porque lo que más desea es que se produzca una conversión en esos corazones llenos de odio. En esta alcaldesa comunista de Córdoba, en aquellos milicianos de julio del ´36, en los talibanes afganos, o en los terroristas del ISIS. En todo aquel que ha hecho del odio el motor de su vida.
No, señora alcaldesa, Franco no fue coetáneo de Jesucristo. La cruces no son franquistas, ni la de Aguilar de la Frontera, ni la del Valle de los Caídos, ni ninguna. Otra cosa es que durante el régimen de Franco se le dio a esa Cruz el valor y el significado que realmente tienen, cosa que este presunto régimen de libertades le niega de manera sistemática.
Y es precisamente por eso, porque se oculta y manipula el significado real de esa Cruz, por lo que se permite que estos talibanes de la democracia destrocen y tiren a la basura un símbolo de paz y amor. Lanzándonos a todos a un limbo de inmoralidad y barbarie del que difícilmente nos podremos recuperar.
Dicen que 2021 ha empezado casi tan mal como se marchó el 2020. La pandemia, la gran nevada, y hace unos días esa terrible explosión en pleno centro de Madrid. Pero no nos engañemos. Ninguna desgracia es peor para un pueblo que darle la espalda a Dios, ninguna.
Y de ninguna crisis se tarda más en salir que de aquellas en las que los hombres renuncian a ser lo único que verdaderamente son, criaturas de Nuestro Padre.
Recemos, pues, mientras nos arremangamos para compensar estas atrocidades con aquello que corresponde a nuestro deber como buenos hijos.
Rafael Nieto ( El Correo de España )