Lo que está sucediendo estos días en las calles de España es de una gravedad palmaria. Es intolerable que el matonismo talibán de la extrema izquierda, debidamente alentado por los líderes de uno de los partidos que forman parte del Gobierno de la Nación, pretenda adueñarse de nuestras ciudades de forma violenta, como último recurso para tratar de hacerse con el poder.

Lo venimos advirtiendo desde aquellos tristes días en los que, ante la pasividad general de los socialistas gobernantes, se permitió que en el centro de la Capital de España se organizase una macro escuela de agitación popular y de organización de células que conocimos con el nombre del “15 M”. Aquello fue, precisamente, el origen de lo que está sucediendo ahora.

Allí, en aquel mayo de 2015 de infausto recuerdo, fue donde se organizaron y estructuraron partidos, asociaciones y grupos, muchos de ellos contando con subvenciones públicas, todos vinculados a la extrema izquierda, para comenzar a desarrollar sus planes de asalto al Estado.

Recuerdo que una mañana, encontrándome en Madrid, coincidí en un semáforo con alguien que ostentaba, en aquel momento, un cargo de relevancia en la Administración. Recuerdo que, tras saludarnos, me pidió opinión sobre aquella acampada que llenó de basura, durante días, el centro de nuestra Capital.

Eran tiempos en los que algunos incautos justificaban aquel cochambroso campamento urbano, aduciendo que se trataba de la respuesta de la juventud ante la precaria situación por falta de un horizonte laboral serio.

Lo hablamos y, en un momento de la conversación, lo animé a concurrir a la Puerta del Sol provistos de una decena de contratos de trabajo en blanco para ofrecer a los allí concentrados; ambos convinimos que, caso de hacer tal cosa, regresaríamos con los diez contratos tan en blanco como los habíamos llevado. No se trataba de reclamar trabajo, se trataba de otra cosa.

Ya desde entonces, no era difícil de atisbar que, tras aquella, en apariencia acampada de protesta juvenil, se ocultaban otros intereses a cada cual más oscuro y siniestro y que aquello solo buscaba el objetivo de organizarse para perpetrar acciones ulteriores.

Mucho tiempo antes, una amiga venezolana que estuvo de visita en casa ya lo había advertido: “Cuidado, en Venezuela hay un grupo de españoles que son los que asesoran a los chavistas y que nos están condenando a la ruina. Ojo, no sea que algún día vengan a España”. Toda una premonición.

Merced a todo esto y mostrando la “cara amable de jóvenes universitarios” que venían a implementar savia nueva a las corruptas Instituciones, lograron captar el voto de mucho ingenuo ignorante tanto para Ayuntamientos, como para las Cámaras de representación nacional, justificándolo con aquello de que se trataba de “chicos muy preparados e inteligentísimos”. Eso si que es tener ojo clínico.

Muchos, los tuvimos que sufrir en nuestras ciudades durante cuatro años, demostrando, a parte de su sectarismo despiadado y su talibanismo ejerciente, su más absoluta incapacidad para dirigir, ni tan siquiera, la comunidad de propietarios de sus casas.

Y así, las ciudades en las que gobernaron -La Coruña, desgraciadamente, es un ejemplo- se sumieron, durante una legislatura, en la oscuridad más absoluta y la mediocridad perversa se adueñó de todo el quehacer ciudadano. Fue una absoluta desgracia, propiciada por aquellos que creyeron ver en estos tipos la gran panacea de la regeneración política.

Sin embargo, aquel sufrimiento no fue suficiente y cuando las urnas comenzaron a barrerlos de las Instituciones, la mano salvadora de los socialistas -siempre amigos de pactar con gentuza- los rescató para el Gobierno de España a sabiendas de que, ni siquiera el Presidente del ejecutivo “dormiría tranquilo con Podemos en el poder”, algo que, a lo que se ve, a este perverso individuo le debe dar igual, prefiriendo, sin duda, sufrir de insomnio, igual que el resto de los españoles, antes que apearse de la poltrona.

¿Alguien puede creer que lo que sucede en España es fruto de la casualidad? La casualidad no existe. Todo está debidamente orquestado y programado por estos miserables, cuyo único objetivo es destruir España.

Valiéndose del maldito “chinovirus”, que, a cada paso, me parece menos casual, inocularon el miedo insuperable en la población lo que les permitió, mediante la aplicación de medidas liberticidas, evitar que saliésemos a la calle a protestar, que nos reuniésemos para organizarnos y así, durante meses, lograron que nos sumásemos a aquella estúpida pantomima de aplausos “balconeros”, única manifestación permitida, que, en realidad, no era otra cosa que reconocer las bondades de los políticos a la hora de gestionar la pandemia.

Después, contando con el apoyo incondicional de la escoria filoterrorista, separatista, anarquista e incluso con el de un tipo de Teruel que pasaba por allí, comenzaron a poner en práctica la siguiente etapa de su plan de asalto al poder, colándonos de rondón, a base de Decretos Leyes, sus leyes ideológicas tan sectarias como ellos, ante nuestra pasividad más absoluta.

El terror sabiamente inoculado, les permitió -de hecho, se lo permite todavía a día de hoy-, limitar de forma escandalosa nuestras libertades, a base de arrestos domiciliarios indiscriminados, prohibición de reuniones, limitación de movimientos, toques de queda arbitrarios, potenciación de la miserable “policía de balcón” e incluso que admitamos y exijamos la vacunación obligatoria -solo con la vacuna que quieran ellos, por supuesto-.

Han conseguido que todo sirva, sumiéndonos en la más absoluta de las ruinas; amenazándonos con un instrumento legal que permita que entren en nuestras casas, sin orden judicial alguna, si “nos portamos mal”; exigiéndonos, con nuestra anuencia, que nos metamos en casa cuando ellos lo dispongan. Y todas esas aberraciones las aceptamos mansamente. Todo vale antes de que nuestras vidas puedan peligrar por causa de la COVID 19. Debe ser que alguien cree que vamos a vivir eternamente.

Y ahora, viene la siguiente fase. “Hay que tensionar la calle”, decía aquel perverso personaje, socialista para más datos -siempre están en el medio de todo lo malo-, a sabiendas de que tal medida le beneficiaría en sus aspiraciones electorales. Y a fe que lo están haciendo.

Llama la atención, por ejemplo, que todos esos energúmenos y energúmenas -en este caso hay que se inclusivo- que están incendiando las ciudades, clamando contra el poder fascista que, según dicen, limita la libertad de expresión, por el simple hecho de que un canalla filoterrorista, simpatizante de la podemia malvada, haya ingresado en prisión para cumplir una justa condena, no hayan levantado ni una sola vez la voz reclamando la libertad de la que llevan un año privándonos. ¿A nadie le sorprende esto?

¿Alguien se imagina como estaría España si las medidas liberticidas adoptadas por socialistas y comunistas las hubiese dictado un partido de derechas?, ¿es que ya nadie se acuerda del tristemente célebre perro “Excalibur”, cuya muerte provocó el llanto y rechinar de dientes de toda esa miserable extrema izquierda que salió a manifestarse a las calles?

Pues bien, aquellos que lloraban y se manifestaban por la muerte de un pobre perro, permanecen callados ante el fallecimiento de miles de españoles, muchos de ellos por la negligencia de los políticos. ¿Qué razón habrá para este más que sospechoso silencio?, ¿no será que obedecen las órdenes de “arriba”?

Que toda esa “libertad” que preconiza la izquierda es una auténtica falacia, un engañabobos, queda de manifiesto cuando el del “moño sucio” pretende exigir limitar el derecho de opinión de la prensa no afín, esa prensa no corrupta que, sin contar con ayuda alguna, están poniendo en entredicho las mentiras de este siniestro personajillo.

Por supuesto, esas limitaciones no rezan para las televisiones, las emisoras de radio y los periódicos del pesebre que, bien cubiertas sus espaldas con el dinero de todos, son fieles lacayos de estos miserables.

Lo venimos viendo desde hace tiempo. La extrema izquierda -comunistas, podemitas, falsos ecologistas, animalistas, filoterroristas, separatistas, etc.- se caracteriza por el odio visceral hacia las Fuerzas del Orden, bueno, al menos mientras no mandan ellos ya que, a partir de ese momento, esas mismas fuerzas, debidamente dirigidas por el comisariado político, constituyen, junto a los Ejércitos, en el más firme bastión de sus regímenes totalitarios -China, Corea, Cuba, Venezuela, etc., son ejemplos más que elocuentes- y ese odio visceral lo ponen de manifiesto cuando atacan la libertad de los españoles y la seguridad de nuestras ciudades por medio de salvajes algaradas callejeras.

Estamos esperando que tanto la concubina del tipo del “moño sucio”, como las feminazis y demás ralea, se manifiesten en defensa de la Policía de la U.I.P. -una mujer- salvajemente agredida el otro día. ¿Dónde está su enconada defensa de la mujer? Será que para esta gentuza hay dos clases de mujeres: las correligionarias, que merecen su acérrima defensa, y el resto, que no merecen la mínima atención.

Sin embargo, lo más grave de todo estos es que, desde una facción del gobierno, se secundan y se aplauden estas acciones y me remito a lo que ellos mismos proclaman en las redes sociales, alentando la insurrección y a la violencia callejera para derrocar al Estado.

Tal es el caso del malvado Echenique, un tipo sórdido, intrínsecamente malo, lleno de odio y rencor, capaz de apoyar estos salvajes movimientos de terrorismo callejero, eso sí, sin que el gran “valedor de libertades”, Twitter, censure sus mensajes como hace con otros que tan solo se limitan a clamar por la libertad real, en contra de los abusos del poder.

¿Qué vendrá a continuación? Desde luego, nada bueno si no perdemos el miedo y les paramos los pies a estos miserables y para eso no sirven ya medias tintas, ni las posturas ambiguas y complacientes de esa derechona acobardada y temerosa.

Que nadie lo dude, es preferible morir de pie, aunque sea consecuencia del “chinovirus”, que vivir de rodillas a los pies de esta patulea de malvados.

José Eugenio Fernández Barallobre ( El Correo de España )