” TAXIMETREROS ”

Permítanme no exhibir mis carencias adentrándome, con la audacia ciega de un todólogo que dispara contra todo lo que echa a volar al dar palmas el moderador de la tertulia, en las complejidades técnicas del conflicto del taxi. Yo, de este tema, lo que diga John Müller, a quien además imagino conocedor de un delicioso modismo argentino para decir taxista: taximetrero. Sin embargo, al explorar la anécdota no puedo dejar de observar una alteración en el arquetipo de los taxistas, al menos de los madrileños, que me tiene desconcertado y que demuestra nuestra capacidad de constreñirlo todo a voluntad en los prejuicios de la ideología.

Remontémonos a la época de Zapatero, cuando comenzaron, en la rebatiña del Estatuto y el Tinell, las tensiones entre la república de las sonrisas catalana y el pérfido Mordor mesetario, con sus gárgolas y sus no-muertos franquistas. En aquel entonces, hizo fortuna un subgénero de la literatura de aventuras que era el de la crónica de los viajeros catalanes, salacot calado, al corazón de las tinieblas madrileño. Al atisbar los contornos misteriosos de la ciudad les sonaban tam-tams como al Marlow de Conrad, o les olía feo, como dijo Laporta que a él le sucedía siempre al llegar a Madrid.

En esas hermosas, trepidantes sagas homéricas, había un malvado recurrente -un Polifemo– que siempre saltaba al paso del explorador catalán en cuanto éste pisaba el suelo pagano: nos referimos al Taxista. Una criatura típicamente mesetaria que mascullaba insultos al oír hablar en catalán, que subía el volumen de Federico para practicar tortura sónica como en Guantánamo, que tenía un palillo entre los dientes, un banderín del Real Madrid y una estampita junto al volante del general Millán Astray. Muchas veces me pregunté quién podría interpretar al Abominable Taxista Facha de Madrid en la adaptación al cine de las simpáticas aventuras de los Tintines de Catalonia Is Not.

Pues bien, hete aquí que ese mismo taxista de Madrid de repente se ha convertido, moldeado por otro prejuicio distinto, en un podemita tremendo al que arenga Mayoral, en un artificiero de la revolución, en un último depositario del 15-M que se ha apropiado como entonces de “las plazas” y que lucha gallardamente contra los desajustes provocados por el darwinismo capitalista.

No hace falta conocer personalmente a todos los taxistas para comprender que, como ocurre con los bancarios y con los compositores de politonos, cada uno es como es, más allá de la conciencia gremial.

David Gistau ( El Mundo )