Pablo Iglesias es un travestí impudoroso que ahora regresa, al barrio al que traicionó, vestido con una sudadera de eslogan revolucionario, arropado de una escolta policial, la coleta suelta y el odio contra los que no piensan como él, por bandolera.

Ni siquiera se atreve a pasear, sin la protección de su guardia de corps, por las calles que le conocieron de chaval,  porque sabe que en Vallecas hay mucha gente que le desprecia por traidor y mentiroso, y por eso cuando acabe esta campaña electoral, regresará a Galapagar a ver series de Neflix y a contarle a su señora esposa lo desagradable que le ha resultado patear las calles de su infancia.

Vallecas es un barrio mestizo y por lo tanto plural, de gente trabajadora venida de todas partes, que vota mayoritariamente al PSOE, y que no se deja seducir por milongas de políticos escasos de credibilidad, pero sobre todo es una población de ciudadanos a los que resulta complicado engañar, porque han heredado el desencanto de generaciones que han sobrevivido por su propio esfuerzo sin creer demasiado en la esperanza.

Eso significa que es una sociedad plural en ideología y sentimientos, y también madura que no necesitan que los demás piensen por ellos, porque saben sacar sus propias conclusiones.

Dicho esto, el carajal que montó ayer un grupo de ciudadanos en respuesta a la llamada de algunos dirigentes de Podemos que convocaban pomposamente a una lucha antifascista que impidiese a un partido político constitucional, con representación parlamentaria, dar un mitin en la llamada Plaza roja, significó un acto de limitación de la legitima libertad de expresión de ese partido.

Que Podemos se presente como un partido democrático cuando hace un llamamiento a boicotear a pedradas un acto electoral de VOX es contradictorio con los derechos democráticos elementales de libertad de expresión protegidos especialmente en campaña electoral. Pablo Iglesias hace teatro e inspira la violencia.

Si alguna vez se ha dicho que los extremos se tocan, el comportamiento de Podemos empieza a tener tintes fascistas.

Diego Armario