TELEMARATÓN

Una de las preguntas esenciales que nos hacemos los padres es hasta cuándo hay que mantener protegidos a los niños en la ignorancia del mal. La salida de la infancia, que siempre es un desposeimiento, tiene que ver con el descubrimiento de cuán crueles son las cosas y la propia condición humana más allá de Disney y de los fuegos campamentales que hasta de noche pide el niño que se mantengan prendidos para alumbrar el bajo de la cama. Llegado un momento, o se los apagas o estás contribuyendo a la fabricación de un imbécil, entendido como tal quien prolonga en exceso las licencias e ignorancias infantiles.

La prédica paternalista de los gobiernos socialdemócratas siempre me pareció un intento de reducir mentalmente adultos a la condición infantil, entendida como tal la del imbécil. No se trata sólo de delegar la elección de valores y costumbres, confiado uno en la infalibilidad socialdemócrata como el niño lo está en la de los padres y como el feligrés lo está en la del púlpito. Se trata también de autoengañarse fingiendo dar por cierta la construcción de un mundo Disney, gestionado por gobernantes bondadosos y providenciales, cuyos fuegos campamentales mantienen alejados a los diversos zombis posfranquistas a los que no hubo forma de convertir a la bondad, ni siquiera por imposición de manos. La socialdemocracia española es un eterno sacar a Franco de debajo de la cama para que el niño duerma.

Esta estructura mental, que produce etiquetas políticas que no son para el consumo de adultos inteligentes -la República de las Sonrisas, la Ciudad de la PazRefugees Welcome-, y hasta en algún momento aspiró a sembrar huertas y jardines en los techos de los autobuses de la EMT, alcanza su máximo esplendor con las aventuras del barco Aquarius, el que nos pone en estado de telemaratón, el que hace que no exista un político con clientela infantil que no acuda a salvarlo por un día, obteniendo de paso bulas socialdemócratas con las que ventilar la conciencia propia.

No se trata de encontrar una solución, sino de emitir un capítulo de Disney. Y la competición es tal que podemos llegar a observar espectáculos tan escasamente edificantes como los codazos que se pegan Torra y Sánchez por ser ante la platea el rescatador de turno del Aquarius, así como las desvergonzadas maniobras de apropiación de méritos de Sánchez, ya habituales en otros asuntos, con objeto de atribuirse una decisión europea. La culpa es nuestra por no haberles hecho saber que gobiernan a adultos.

David Gistau ( El Mundo )