Carta de Mari Mar Blanco a Otegi

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Carta de Mari Mar Blanco a Otegi

Noche del 7 de agosto de 2000. Cuatro miembros del «comando Vizcaya» fallecen al estallar la bomba que portaban en el interior de un Renault Clio. Fue en el barrio bilbaíno de Bolueta. Un día después, los dirigentes de HB se concentran ante el Hospital de Basurto, donde se realizaban las autopsias a los fallecidos.

Cito lo que allí se dijo, sin ningún tipo de rubor, y los medios pudieron recoger: «Frente a la muerte de cuatro jóvenes patriotas vascos, de cuatro independentistas vascos, que han luchado por su país, la muerte debe de pasar y debe de circunscribirse en el futuro en este país a un factor biológico y no político. Esa es la apelación que estábamos haciendo. Pero desgraciadamente todos sabemos que la actitud, tanto del gobierno español, como del gobierno francés, es que apuesta por la guerra y por la imposición. Y en este sentido, la muerte de estos cuatro compañeros también significa que el futuro de este país lo vamos a conquistar peleando, lo vamos a conseguir luchando…».

Entre los cuatro terroristas fallecidos se encontraba el activo integrante de ETA Francisco Rementería, militante desde los años 80, extraditado a Cabo Verde, de donde huyó para reintegrarse a la banda armada, y autor de numerosos atentados con víctimas. ¿Quién puso voz a esas declaraciones? ¿Quién los define como compañeros y luchadores? Arnaldo Otegi, portavoz de HB en agosto de 2000.

Baste este ejemplo. Hay muchos más para definir en su justa medida a quien algunos se permiten el lujo de llamar «hombre de paz», Arnaldo Otegi, condenado por pertenencia a ETA e inhabilitado para el desempeño de cargo público hasta el 28 de febrero de 2021.

Ese mismo sector de la izquierda que, no contento con el intento de reescribir la historia de un personaje que no ha condenado ni uno de los atentados de ETA que costaron la vida a 856 inocentes, llega a calificar a Otegi de «preso político», le abre ahora las puertas del Parlamento Europeo, con una invitación que es un insulto a la memoria de las víctimas y sus familias.

Si ayer Otegi intervino en Bruselas ante el Grupo de Amigos del País Vasco, formado por diferentes eurodiputados, hoy volverá a pisar la sede del Europarlamento, y será gracias a Izquierda Unida y Podemos, quienes le han facilitado su participación en la reunión de su grupo, en el que también están incluidos Bildu y los nacionalistas gallegos.

Mientras la mayor parte de las fuerzas políticas de nuestro país están unidas contra el terrorismo y han suscrito el Pacto Antiterrorista, ese sector de la izquierda parece empeñado en hacer ver al mundo que personas como Otegi han sido y son fundamentales en la resolución de un mal llamado «conflicto», que sólo existe en la imaginación de quienes lo crearon con sus atentados y asesinatos, olvidando que si hay un derecho fundamental por excelencia ése es el derecho a la vida y a la integridad física y moral, consagrado en el artículo 15 de nuestra Carta Magna. Derecho del que se vieron privadas las víctimas por culpa de quienes ahora se consideran maltratados por el sistema.

Hablamos de un defensor de la banda terrorista que más víctimas ha dejado en nuestro país, de alguien que reiteradamente ha vertido declaraciones en apoyo y justificación de ETA y ha tratado de validar la brutal actuación de quienes durante años han segado cientos de vidas inocentes.

Un condenado por pertenencia a ETA, reitero, que recientemente ha sido capaz de frivolizar con atentados que conmovieron a toda la sociedad española, como la matanza de Hipercor o el asesinato a sangre fría de Miguel Ángel Blanco, esgrimiendo la «humillación y la frustración» de los verdugos como causa de sus brutales actos.

Pero jamás vamos a permitir que nadie reescriba la historia. Es obligación de todos potenciar el esfuerzo en la construcción del relato de los hechos basada en la verdad, la memoria, la dignidad y la justicia. No hay lugar a la injusta idea de que sin atentados ya todo es admisible o que todo está olvidado, permitiendo que otros traten de imponer a toda una sociedad un relato equidistante, con el único fin de obviar las responsabilidades criminales de quienes las ejercieron y jalearon y de privar a las víctimas del terrorismo de una justa reparación, haciendo cumplir las penas impuestas por los tribunales de Justicia.

Los números son tozudos y las hemerotecas lo son aún más. Cuando ambos se entrecruzan, las conclusiones son irrefutables. Páginas y páginas de prensa nacional e internacional escritas con la sangre derramada por la banda terrorista al asesinar a 856 personas y truncar la vida de miles de ciudadanos. No hay interpretación más fiel que la realidad pura y simple: los asesinos irracionales, a un lado; las víctimas, al otro. Aquéllos, culpables. Éstas, inocentes. La historia del terrorismo en nuestro país se ha escrito negro sobre blanco, a diario, al ritmo que marcaban los disparos y las bombas de ETA. No necesitamos opinar ni valorar. Nos basta con recordar la verdad.

La Razón

 

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