CUANDO NOSOTROS, LOS MUERTOS, DESPERTEMOS

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CUANDO NOSOTROS, LOS MUERTOS, DESPERTEMOS

Aquella penúltima madrugada sevillana de enero de hace 20 años, fría como pocas, amaneció cubierta con el sudario de los cuerpos yacentes de un joven matrimonio,Alberto y Ascen, de 37 años, sobre el ensangrentado adoquín de la calleja antigua del obispo don Remondo. En medio de la soledad nocturna, y emergiendo de la penumbra oculta de un intrincado recodo de esta céntrica costanilla con trazado de sierpe, el eco de los pasos de aquella pareja de desventurados encontró la réplica asesina de unos canallas que, sin juicio ni conmiseración, talaron su juventud enhiesta con el hacha terrorista de ETA.

Aquel escueto y solitario campanazo tocó a muerto y fue premonitorio presagio fúnebre de dos acechadoras descargas de plomo. Descerrajados los tiros y yertas dos vidas en flor, se hizo un silencio de ataúd hasta que el primer timbrazo telefónico sonó a aullido de sirena y esparció el horror en medio de la confusión sobre la identidad de los cadáveres. La entonces alcaldesa hispalense, Soledad Becerril, y su teniente de alcalde, Alberto Jiménez Becerril, compartían amenaza y apellido, aunque no mediara de por medio más parentesco que el político como militantes ambos del PP.

El fuego de los revólveres fue rayo que irradió la bóveda celeste y su resplandor llameante encendió la madrugada hasta desatar una tormenta de lágrimas. En medio de la desolación y el desconsuelo, con una alcaldesa que aparentaba una Dolorosa, los ciudadanos de corazón encogido y de ánimo exaltado buscaron consuelo y refugio en la radio. Allí, la palabra de Carlos Herrera, sobreponiéndose al dolor del amigo y a la afonía del llanto, se alzó. Con la mente puesta en tres huérfanos de ocho, siete y cuatro años, que se acostaron soñando cómo se lo pasarían al día siguiente en la fiesta por la paz de su colegio, elevó a la antena un dramático interrogante: “¿Cómo van a comprender estos niños la muerte de sus padres?”.

Era una pregunta sin respuesta, un desahogo a la quemazón del alma. Pero eran días aquellos en los que, en medio de la fatalidad, existían unos gobernantes que se sentían interpelados por la mirada triste de tres huérfanos que, al despertar y ver sus sueños hechos pesadilla, “nos dicen: ¿qué vais a hacer?”. Fue lo que percibió aquella jornada de angustia y de zozobra un presidente de corbata negra que, por no someterse al chantaje etarra, afrontó el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco. En recuerdo de aquel compañero, sumándose al clamor de España entera, Alberto había levantado seis meses atrás -julio de 1997- sus manos blancas al cielo, mientras lucía una pegatina con la leyenda: “¿Miedo? No, gracias”. Ambos jóvenes, Miguel Ángel y Alberto, uno al norte y otro al sur, dieron una vida aún por vivir en pro de una verdadera paz.

Alrededor de la capilla ardiente de Alberto y de Ascensión García Ortiz, se concitó una congregación de afligidos políticos que declararon “ser Jiménez Becerril” -antes dijeron “ser Miguel Ángel Blanco”- y proclamaron, con gesto compungido y mirada perdida, que había que acabar con las ambigüedades. “O se está, como demócratas, frente a ellos o no se está”, dijeron con una clarividencia luego nublada por la conveniencia de partido.

Entre tanto, en pleno duelo y quebranto, un consumado asesino de veinticinco inocentes verbalizaba el odio de alimaña que luego carteó relamiéndose de placer a una amiga: “Me estoy tragando todas las noticias del atentado de Sevilla. Me encanta ver las caras desencajadas que tienen”. Con aquel festín de sangre, José Ignacio de Juana Chaos aseguraba haber comido para un mes. “En la cárcel, sus lloros son nuestras sonrisas y terminaremos a carcajadas limpias”, auguraba un desalmado para el que luego uno de aquellos políticos que lloró la tumba de Alberto Jiménez Becerril reclamaría la prisión atenuada cuando éste monstruo sin alma coaccionó al Estado de derecho con una huelga de hambre.

Si en aquella aurora de enero era patente la orfandad sin refugio de tres críos -hoy jóvenes de 28, 27 y 24 años-, cuatro lustros después ese desamparo hace tiritar a la mayoría de víctimas de ETA, al recibir el viento gélido del comunicado por el que estos malhechores etarras propagan un punto y final que truena en punto y seguido. En vez de implorar perdón por tanto espanto, estos facinerosos -arrancando por quienes pusieron voz a un comunicado de renglones torcidos y escritos en sangre- se vanaglorian de un pretérito infame que blanquean impúdicamente y principian otra fase en el que ya no es menester el hacha a la que enroscar su condición de serpiente, al haberse apropiado de importantes parcelas de poder por medio de su brazo político Bildu, pero siguen moviéndose con la sinuosidad del reptil. Este zigzagueo etarra evoca lo dicho por Mao cuando le inquirieron cómo se promovía una revolución y el Gran Timonel confesó: “Pues como va una serpiente, arrastrándose y describiendo eses”.

ETA renuncia a las pistolas, pero no a la autodeterminación vasca y la asimilación de Navarra, ni tampoco a la concesión de medidas de gracia para sus presos. En esa tesitura, cómo no entender la desazón de quienes debieran ser los más felices con un adiós a las armas, en contraste con el jolgorio de unos verdugos a los que se les dispensa privilegio de héroes en esos mismos municipios en los que los familiares de sus mártires han de andar con tiento y casi pedir indulgencia, si es que no hace años que se marcharon con la casa a cuestas. Ello conjetura que impondrán su relato, a costa de los verdaderos titanes de una democracia a los que se afrenta y veja.

Todo ello con la cooperación de ciertos políticos que, a la sombra del árbol de la mentira, no conocen de juramentos ni promesas, menospreciando la verdad cuando debiera abrazarse férreamente a ella. Si no se construye un relato sostenido en el tiempo, más allá de un discurso presidencial o de una intervención parlamentaria, todo quedará en un ejemplar de Patria, el excepcional episodio nacional de Fernando Aramburu sobre los años de plomo del terrorismo en el País Vasco, enterrado por miles de opúsculos nacionalistas sufragados a cargo del erario y convertidos en libros de texto en los colegios vascos -sin desdeñar la labor de agitación y propaganda de sus medios audiovisuales- ante la inopia de quienes se hacen a la idea de que, si apartan su mirada de la realidad, ésta no los verá a ellos.

Con la tinta aún fresca del comunicado de disolución etarra, las víctimas del terrorismo se malician que el proceso de paz puesto en marcha por Zapaterodiscurre como el río Guadiana, que aparece y desaparece, mostrando de vez en cuando sus ojos, pero sin apartarse del cauce que le ha de llevar a una desembocadura tan cierta como traicionera para quienes fueron asesinados, no por ser quienes eran, sino por lo que representaban. No es casual la reaparición estelar de Josu Ternera, interlocutor del plan de paz de Zapatero y que se ha movido libérrimamente pese a su condición de prófugo de la Justicia, tras estar detrás de la masacre de junio de 1987 en Barcelona contra Hipercor.

Pese a la taxativa aseveración de Rajoy -“los crímenes seguirán investigándose y juzgándose y las condenas seguirán cumpliéndose”-, es de temer que tenga que desdecirse al estar sujeta su Presidencia con pinzas. De un extremo de la misma, larealpolitik que le llevó a heredar implícitamente el plan de paz de Zapatero. Éste último, nada más abandonar el Palacio de la Moncloa, se reunió con el nuevo ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, al que debió entregarle un simbólico sobre lacrado con esas razones de Estado que inventa la política para autorizar lo que se hace sin razón. De otro extremo, la “sensibilidad” que le requieren sus socios presupuestarios del PNV para que acerque los presos etarras a las cárceles del País Vasco.

Súmese a ello las peticiones de personalidades socialistas para que lo haga discretamente (Patxi López) y con inteligencia (Zapatero). Ello marcaría una hoja de ruta que cortaría como navaja barbera. Bien es verdad que Pedro Sánchez, desde Londres, se ha desmarcado de ello para no dar la impresión de ser un do ut des. De claudicar ante tales horcas caudinas, Rajoy habría hablado el sábado comoChurchill y actuaría como Chamberlain. Quienes desean que les dejen en paz acaban siendo aliados inconscientes de quienes están resueltos a no dejar nada en paz. Por eso, en la vida de todo político, hay momentos en que lo mejor que puede hacer es no despegar los labios.

Ojalá el presidente del Gobierno no caiga en esa impudicia haciendo que “nuestros muertos despierten”, como en la célebre obra-epílogo de Ibsen, cuyo título rectificó sobre la marcha, pues no cabe paz más genuina que aquella que se asienta en el reconocimiento de las víctimas y en el arrepentimiento de los verdugos, después de pagar sus culpas. En caso contrario, “cuando nosotros, los muertos, despertemos”, nombre definitivo de la pieza del dramaturgo noruego, qué podrán decir a esa España huérfana y desengañada.

Infaustamente, quienes pregonan que ETA ha sido rendida olvidan que, efectivamente, lo ha sido policialmente, pero ésta puede resarcirse políticamente, si gana postreramente la batalla ideológica ante la incomparecencia general. Metamorfoseada, pondría la historia del revés hasta aparentar, como en el cuento de José Agustín Goytisolo que popularizó la voz rota de Paco Ibáñez, esto es, fingiría ser ese «lobito bueno al que maltratan los corderos».

A este propósito, en comparsa con los habituales compañeros de viaje del totalitarismo sanguinario, falsifican la realidad como el orwelliano Ministerio de la Verdad destruía los testimonios del pasado y los arrojaba por el Hueco de la Memoria. Quien controla el pasado, controla el futuro; quien controla el presente, controla el pasado. Tras prometerles que los terroristas se pudrirían en prisión, las víctimas podrían padecer la doble derrota de la muerte de los suyos y la deslealtad a su memoria. ¡Cuánto dolor sin esperanza!

Por eso, el mayor temor de Primo Levi, superviviente de Auschwitz, no era tanto que las futuras generaciones no compartieran su dolor, sino que no distinguieran la verdad. Así, la pena de centenares de víctimas inocentes de ETA quedaría sepultada bajo el mármol frío de la estadística y su testimonio relegado en esos vastos jardines sin aurora en los que ya sólo puedan ser “memoria de una piedra sepultada entre ortigas”. Cernudianos versos envueltos en niebla y ausencia como aquella madrugada de escalofrío del 20 de enero de 1998 precisamente en la ciudad natal del gran poeta que habitó el olvido.

Francisco Rosell ( El Mundo )