Es la Guerra Santa, idiotas

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Es la Guerra Santa, idiotas ( Pérez-Reverte )

Como he dicho alguna vez, en España tenemos tres lacras: los políticos, las autonomías y los moros.

Pues bien, hablando de los moros, estos no son unos inmigrantes cualesquiera, estos vienen a quedarse y a someternos.
Obsérvese que utilizan el mismo manual de ruta que los nacionalistas, primero nos piden tolerancia, una tolerancia que ellos nunca tienen con nadie, ni con sus mujeres. Luego, con el tiempo y cuando consideran que son derechos adquiridos nos imponen sus normas; imposición. Por último cuando ya se han hecho fuertes con nuestro dinero, nuestras libertades y con nuestra democracia, entonces nos someten, sumisión.

Te suena mi frase: los españoles somos los únicos imbéciles que financiamos a nuestros enemigos?

Las tribus, razas y grupos se defienden ante agresiones extranjeras para garantizar la continuidad del grupo. Los mierdas los financian.

Porque es la Yihad, idiotas. Es la guerra santa. Lo sabe mi amigo en Melilla, lo sé yo en mi pequeña parcela de experiencia personal, lo sabe el que haya estado allí.

Lo sabe quien haya leído Historia, o sea capaz de encarar los periódicos y la tele con lucidez. Lo sabe quien busque en Internet los miles de vídeos y fotografías de ejecuciones, de cabezas cortadas, de críos mostrando sonrientes a los degollados por sus padres, de mujeres y niños violados por infieles al Islam, de adúlteras lapidadas -cómo callan en eso las ultrafeministas, tan sensibles para otras chorradas-, de criminales cortando cuellos en vivo mientras gritan «Alá Ajbar» y docenas de espectadores lo graban con sus putos teléfonos móviles.

Lo sabe quien lea las pancartas que un niño musulmán -no en Iraq, sino en Australia- exhibe con el texto: «Degollad a quien insulte al Profeta». Lo sabe quien vea la pancarta exhibida por un joven estudiante musulmán -no en Damasco, sino en Londres- donde advierte: «Usaremos vuestra democracia para destruir vuestra democracia».

Es una guerra, y no hay otra que afrontarla. Asumirla sin complejos. Porque el frente de combate no está sólo allí, al otro lado del televisor, sino también aquí. En el corazón mismo de Roma. Porque -creo que lo escribí hace tiempo, aunque igual no fui yo- es contradictorio, peligroso, y hasta imposible, disfrutar de las ventajas de ser romano y al mismo tiempo aplaudir a los bárbaros.

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