Islamismo contra revolución

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Islamismo contra revolución

 

La primera pregunta es fácil de contestar: ¿por qué Francia, que acogió al ayatolá Jomeini en el exilio, como a millones de refugiados musulmanes, muchos ya de segunda y tercera generación? Pues por eso mismo: por ser la cuna de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad, de la apertura de mentes y sociedades, de la Ilustración, en suma. Justo la cara opuesta al integrismo islámico, con su cerrazón medieval, su universo premoderno, su dictadura teocrática que ve en ello el «gran Satán» y lo ataca con todas las armas a su alcance, usando esa quinta columna de jóvenes musulmanes nacidos en Occidente a los que ofrece la ilusión de un nuevo califato en el que serán los dueños, al tiempo que elimina a sus «herejes», los musulmanes moderados, sin contemplaciones.

La segunda pregunta ya es más difícil: ¿cómo se responde a tal amenaza? Noto a uno y otro lado del Atlántico una clara división entre los que abogan por una respuesta categórica y los que la consideran contraproducente por razones morales o estratégicas. Francia, la principal afectada, ya ha dicho, por la boca de un presidente, nada menos que socialista, que va a contestar a la guerra con la guerra. Hollande podría haber añadido aquel dicho romano, «la mejor forma de evitar la guerra es estar preparado para ella», pero puede que pensara que podría volverse contra él. En cualquier caso, sus cazabombarderos ya están machacando posiciones de Estado Islámico, mientras su Policía peina los barrios periféricos de sus ciudades. «¡Cuidado! –advierte el ‘New York Times’–, que eso es precisamente lo que buscan los yihadistas: separar a la población musulmana de la local, impedir que se haga francesa». Es un buen argumento, pero, por otra parte, esa población ha tenido tiempo suficiente para integrarse y no lo ha hecho, como lo hicieron tantos otros emigrantes, polacos, rusos, españoles; el propio Sarkozy proviene de ella. Quiero decir que los inmigrantes pueden exigir que el país que los acoge acepte sus valores privadamente, pero no que los imponga a los suyos. La integración supone adaptarse al país de acogida: en Roma, sé romano.

http://www.abc.es/opinion/abci-islamismo-contra-ilustracion-201511190241_noticia.html

 

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