LA MALDICIÓN DEL DOLOR, LA MALDICIÓN DE UN PAÍS

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LA MALDICIÓN DEL DOLOR, LA MALDICIÓN DE UN PAÍS.

España hace frente al peor ataque terrorista desde el 11-M y la maldición de Madrid se ha repetido en Barcelona. La maldición del dolor que arruina la vida de tantas familias. La maldición de la política que acaba siempre irrumpiendo en el escenario donde aún se llora a los muertos y se atiende a los heridos. Hay un desajuste escalofriante entre la realidad de la muerte de un niño que come un helado en una tarde de agosto y los debates públicos que se establecen después de los asesinatos terroristas. Una desproporción que nos aterra entre la inmensidad del dolor de tantas familias y las controversias políticas a las que dan lugar los atentados. Aunque, por experiencia sabemos que las víctimas del terrorismo siempre acaban quedándose a solas con sus muertos, su pena y su desgracia, mientras la vida sigue. Y la política, también.

La maldición quiso que los atentados yihadistas de Madrid y Barcelona nos asomaran al horror en momentos clave de la vida del país. El 11-M, en vísperas de unas elecciones generales. El 17-A, en mitad del mayor desafío independentista del Gobierno de un territorio del Estado desde hace 40 años. Los llamamientos a la unidad contra el terror estaban destinados a intentar conjurar una triste realidad que, por desgracia, ayer se acabó manifestando en las calles de Barcelona.

La manifestación del «No tenemos miedo», convocada para expresar la empatía y solidaridad con las víctimas de los atentados, tuvo cientos de miles de caras. Podemos quedarnos con las de los policías, los profesionales sanitarios y los paseantes que auxiliaron a las víctimas, que las ayudaron a bien morir o las están curando de sus heridas. Podemos emocionarnos con las flores que los manifestantes regalaron a los agentes de los Mossos y de la Guardia Urbana.

Podemos acompañar a las miles de personas que, tal y como aconsejó la alcaldesa Ada Colau acudieron a manifestarse a cuerpo, sin banderas, ni pancartas. Podemos enmarcar la significativa foto del primer manifestante, el Rey, al lado de una joven musulmana con pañuelo. Podemos acunarnos con las palabras de sosiego de las autoridades y con el silencio triste, pero cálido y sereno del Cant dels ocells. Todo esto nos sirve para confortar nuestro ánimo y para estar orgullosos de formar parte de esta sociedad.

Sin embargo, no podemos cerrar los ojos a las otras caras de la manifestación en las calles de Barcelona. El movimiento independentista aprovechó la inédita presencia de todas las autoridades del Estado para repudiarlas, a base de abucheos y pancartas. Ver al Rey desfilando delante de una leyenda en la que se le acusa de vender armas a Arabia Saudí y rodeado de esteladas -la bandera que simboliza la destrucción del Estado que encarna- es una realidad que produce escalofríos.

El Estado -por expreso deseo del Gobierno de Rajoy– desembarcó en la manifestación para que nadie pueda decir que se acobarda y está ausente de las calles de Barcelona, y se topó cara a cara con quienes le están echando el pulso. La osadía mostrada por los movimientos independentistas -con la pasividad o el aliento de Puigdemont– no augura nada bueno para las próximas semanas. Pero esto es lo que hay. Una realidad dramática. Una maldición que nos persigue.

Lucía Méndez ( El Mundo )