LÁGRIMAS DE COCODRILO

cocodrilox

LÁGRIMAS DE COCODRILO

Cuesta sumarse al aplauso buenísima ante la semana de automenaje que ha iniciado ETA al hilo de su supuesta disolución (metafísicamente discutible, pues ya ha mutado y está perfectamente viva en política, para desdoro de los miles de vascos que la votan). Paz por amnesia, esa viene a ser la propuesta estelar del penúltimo circo de los asesinos de 828 personas. Cuesta comprar ese mensaje. Realmente repugna.

No me considero ninguna prima donna del periodismo, sino más bien un jornalero del oficio con algo de chiripa. Pero aún así, en su día me tocó recibir consejos de protección personal para protegerme de ETA. Fue en Madrid a finales del siglo pasado, cuando alguien tuvo la original idea de convertirme en director de un pequeño periódico nacional. Un policía vino a explicarme que debía mirar los bajos de mi coche cada mañana antes de arrancar. También me enseñó que si en un día cálido me cruzaba con alguien vestido con una extemporánea prenda de abrigo, debía alejarme rápidamente, pues podría ser un terrorista que escondía su arma en el chaquetón.

El primer día miré debajo del coche y también a los lados de mi portal. Pero enseguida olvidé aquello, pues me parecía algo remoto, un imposible. Sin embargo, lo cierto es que ETA continuó matando hasta marzo de 2010. Antes, en diciembre de 2006, reventó una de sus treguas ficticias haciendo estallar un coche bomba en un párking de la T4. Con ese atentado terrorista los gudaris eliminaron a dos peligrosos enemigos de Euskal Herria: dos ecuatorianos, uno de 19 años y otro de 35, que habían estacionado allí para recoger a unos parientes. Así era la lucha de ETA por la libertad de la patria vasca.

Los breves y pronto olvidados consejos de seguridad me sirvieron de todas formas para algo importante: ponerme en el lugar de los auténticos sufridores de ETA. Imaginarme lo que debieron ser las vidas bajo amenaza de los vecinos del País Vasco que eligieron resistir en defensa de sus libertades y de España. ¿Qué tal se concilia el sueño cuando sabes que en tu bloque puede haber un vecino soplón que te señale -o más de uno- para colocarte en la diana de una pistola?

¿Qué calidad de vida tienes cuando entras en un bar, o en un frontón, y cae a tu alrededor un telón de silencio insultante? ¿Qué sientes cuando tu rutina discurre bajo un férreo protocolo de seguridad, cambiando de ruta cada día, desayunando con un guardaespaldas frente a tu cara, temiendo a cada instante que algo falle y te revienten? ¿Quién le devuelve a Ortega Lara los 532 días en el zulo? ¿Cómo se va a resarcir a miles de vascos, tan de pura cepa como los capitostes del PNV, que tuvieron que dejar su tierra para buscar paz y cobijo en Cantabria o Benidorm?

¿Qué ganan Miguel Ángel Blanco y los otros 828 asesinados con el show etarra de esta semana? ¿Cómo eran los días de los empresarios que tenían que abonar una mordida mafiosa para mantener abiertos sus negocios? ¿Pueden perdonar los padres de los niños despedazados en el Hipercor, o los de las cinco niñas muertas en el atentado de la casa cuartel de Zaragoza? ¿Y los hijos y viudas de los políticos abatidos con un tiro cobarde en la nuca? ¿Se recuperará el País Vasco de la seria enfermedad moral que provocó allí el terror implacable de ETA?

Dicen que se disuelven. Pero nunca lo harán en la memoria. Seamos francos: no se puede perdonar a Himmler y a Pol Pot. Tampoco a esta mugre, aunque ahora vendan una paz pop vestidos de camiseta.

Luis Ventoso ( ABC )