UNA HISTORIA DE MIEDO

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UNA HISTORIA DE MIEDO

La niña tuvo miedo el día en que a su padre le quemaron el coche. La niña volvió a sentir miedo cuando lo hicieron por segunda vez. También cuando les incendiaron el estanco familiar tuvo miedo. Cuando conoció las amenazas de muerte que contenían las cartas anónimas. Cuando veía a su madre ver de aquel modo las noticias de la televisión. Y por supuesto cuando ocurrió.

En la fotografía en sepia de 1980 salen los dos en una calle de Eibar. Aurora García, con una falda a cuadros, y Carlos, su padre, con traje, corbata y gafas de sol. Es de las últimas que se hizo. A los pocos días, dos terroristas de ETA entraban al estanco a las 7.45 horas y le disparaban en el cuerpo y en la cabeza delante de su mujer.

«Lo siento por tu madre y por ti», le dijo luego una vecina. «Pero por tu padre no».

Y así comienza esta historia: una niña que había crecido con todo eso, unos malos infantiles y esta historia de miedo.

(…)

Muchos lo superan, pero otros no. Un día ocurre algo inesperado, algo brutal, algo turbador de veras. Sientes el estallido del corazón en la garganta. Y comienza el miedo.

Puedes frotarte con un estropajo hasta arrancarte la piel, romper los espejos como haría Borges, subir el volumen de la música cuando te quedas solo, hacer terapia, dormir con la luz encendida, pero el miedo no sólo no se va. Sino que a veces crece.

A sus 57 años, aquella niña única entre cinco hermanos no se había recuperado del miedo. No era ya la pérdida. No era el dolor. No era la rabia. No era que todavía no se supiera el nombre de los pistoleros. Era el miedo. En esa casa, en 2010, lo que había tres décadas después del asesinato era miedo.

«Yo me mudé a Madrid porque tenía miedo, un miedo enorme a ETA. Un miedo extraño, que te incapacita para siempre… Tengo miedo a estar con gente que no conozco; a que me reconozcan; me da miedo cuando entro en casa; si estoy en un restaurante y el baño está escaleras abajo, no puedo ir sola».

El miedo explicaba las persianas medio bajadas. Que Aurora nos hablara con un Diazepam bajo la lengua. Que no tuviera pareja. Que nos pidiera silenciar la localidad en la que vivía. El miedo explicaba todo aquello. También el miedo explicaba esto.

-Bueno, me da vergüenza contároslo, pero como sabía que ibais a venir, ayer me cogí el coche y me hice 500 kilómetros de ida que hay hasta Madrid y luego los 500 de vuelta. Quería despedirme de mis hijos.

-¿Y eso?

-Por si en realidad no erais periodistas. No sé…Por si erais terroristas y me matabais.

Pedro Simón ( El Mundo )