TESIS PROVOCADORA

La protección social del trabajador era máxima. El Gobierno lo dejaba claro en sus leyes: «El Estado se compromete a ejercer una función constante y eficaz en defensa del trabajador, su vida y su trabajo. Limitará convenientemente la duración de la jornada para que no sea excesiva y otorgará al trabajo toda suerte de garantías de orden defensivo». Eso decía un artículo de la normativa laboral.

«El Estado velará por la seguridad y continuidad en el trabajo», rezaba otro. «El Estado cuidará de que las condiciones económicas y de todo orden sean las que en justicia corresponden al trabajador». «El beneficio de la empresa se aplicará con preferencia a la formación de las reservas necesarias para el perfeccionamiento de la producción y el mejoramiento de las condiciones de trabajo y vida de los trabajadores».

Como se ve, una política social que sitúa en primerísimo lugar los derechos de los trabajadores y los protege con un rígido corsé legal que ata a las empresas. Podemos y Sánchez firmarían con los ojos cerrados esa legislación. Pues bien, se trata del Fuero del Trabajo promulgado por Franco en marzo de 1938.

La tasa de paro media en la UE es del 6,3%. La del vecino Portugal, país bastante más endeble económicamente que España, está en el 6,5%. En el Reino Unido de las tribulaciones del Brexit el paro es friccional, casi no existe: 3,8%. Sin embargo llegamos a España y el problema se dispara: 14,2%, el doble de la media europea.

Solo Grecia lo hace peor. Necesariamente han de existir razones específicas que expliquen la anomalía española. La primera es una picaresca endémica, que fomenta el empleo sumergido. La segunda, una legislación laboral muy bienintencionada, heredada del franquismo, que en la práctica traba la creación de empleo.

Mi tesis, aunque entiendo que resultará provocadora y nada popular, es que España continúa pagando su larga aversión al liberalismo. Para muchas capas de la población el empresario sigue siendo un explotador sospechoso. Lo que explica, por ejemplo, que estemos apunto de aceptar mansamente el estrafalario experimento de un Gobierno social-comunista, una aventura más latinoamericana que propia de la Europa del siglo XXI. Nuestra tradición católica era anti-negocios.

Pringarse con el dinero y el comercio se consideraba «asunto de judíos». El hidalgo vivía de las rentas y no se embadurnaba en industrias. Cuando llegan Las Luces, en España la opción ilustrada se percibe como un mal de afrancesados y el apego del pueblo sigue con el tradicionalismo.

Un amigo liberal suele decirme, medio en coña y medio en serio, que cuando el PSOE y Podemos desentierran a Franco, «en realidad están matando al padre, porque son clavados a él: intervencionistas, antiliberales y estatistas». Tal vez sea mucho decir.

Pero sí parece claro que algo anómalo ocurre en España cuando la mitad del público acepta feliz un Gobierno de izquierda dura, que mira con encono a quienes crean los empleos y que promete aniquilar una reforma laboral que empíricamente estaba bajado el paro. Da igual. En la España al rojo vivo hace tiempo que los hechos nada importan, solo los tics ideológicos.

Luis Ventoso ( ABC )

viñeta de Linda Galmor