La banda parlamentaria que  impone su fuero por encima de la ley, de los protocolos y de los usos democráticos que, aunque sean tan hipócritas como la buena educación británica, dan siempre una pátina de respetabilidad, ha vuelto a exonerar a Pablo Iglesias de la decorosa, aunque incómoda y comprometida, obligación política y moral de rendir cuentas en el Hemiciclo sobre la sospechosa, turbia e inquietante financiación de Podemos.

Al fin y al cabo es uno di noi; código y reglamento mafioso de estricta observancia si se quiere seguir durmiendo sin una cabeza de caballo en la cama, sin un gato muerto en el felpudo y sin un pescado en el buzón.

La taberna parlamentaria ha vuelto a muñir en la trastienda un pacto de cobertura para blindar democráticamente a uno di noi contra los golfos tontos de Gürtel y Púnica, y contra las vírgenes recién acomodadas en el escaño que en su cándida ignorancia (real o impostada) aún creen en las bondades y la pureza vestal de la democraciaquenoshemosdado.

El bolchevique de saldo que volvió grupas en Felgueras por miedo al todopoderoso fascismo asturiano (es bien sabido que de Covadonga a Pajares hay más camisas negras que en la Italia de Mussolini) no tendrá que rendir cuentas en el Congreso por la generosas financiación obtenida por Podemos en los cajeros automáticos de Teherán Caracas. En los tribunales de justicia, tampoco. Las togas del fundamentalismo democrático solo tumban en el potro y arrojan a las mazmorras a los fascistas de Blanquerna y a los ladrones de derechas.

Pablo Iglesias saldrá silbando y con las manos en los bolsillos del lodazal de financiación corrupta de la que le acusan los corruptos de Gürtel y Púnica y las vírgenes vestales de VOX. Vamos, como el Emérito, aunque sin muletas pero sí con un harén de corinas, que en asuntos de bragueta el republicano con coleta no le va a la zaga al Rey sin corona.

Esta España, en la que una minoría se solaza y la mayoría sobrevive como puede, es como la Roma de Calígula, aquél emperador tan demócrata que hizo senador y cónsul a su caballo.

No se rían que en el Congreso hay muchas acémilas con acta de diputado, claro. Calígula organizaba unas magníficas orgías en las que ejercía, en público, el derecho de pernada con las esposas de los patricios y senadores a los que quería dar matarile. Carne de cabrón consentido para las espadas de los pretorianos.

En una de esas bacanales, Calígula le dio venia a la dama con la acababa de refozilarse para que regresara junto a su marido, que dormitaba en un triclinio. Al sentarse junto a él, el caballero de al lado trató de meterle mano a la señora.

El marido, al que Calígula ya le había robado la fortuna y el honor, despertó de súbito y le dijo al osado imitador del Emperador“tibi non dormio” (para ti no estoy dormido). Pues eso, ¿seguimos dormidos o despertamos?

He ahí la cuestión.

Eduardo García Serrano ( El Correo de España )