TIEMPO DE HÉROES

Entre columna y columna, escribo novelas cuyos personajes, reales o de ficción, acometen empresas heroicas a menudo sin esperanzas de éxito. Conozco bien el perfil de esos hombres y mujeres. He recorrido la historia de España en su busca y dedicado incontables horas a dibujarlos en mi mente.

Por eso estoy segura de que hoy habitan entre nosotros, haciendo frente con valor a la aventura que esta enfermedad maldita nos está obligando a vivir. Son héroes de nuestro tiempo. Y heroínas, como Beatriz, mi ahijada, médico de Urgencias en un hospital madrileño, ejemplo de la vocación indoblegable que va a rescatarnos de esta pandemia.

Al igual que ella, millares de sanitarios en toda la nación superan a diario su propio miedo a fin de dar la batalla a este enemigo pavoroso. Relegan la preocupación por ellos mismos y sus seres queridos para volcarse en sus pacientes. Ignoran su cansancio, sus dudas, su desánimo, su tristeza, su legítimo derecho a la queja, sus fundados motivos de protesta, sus carencias y su rabia en el empeño de salvar vidas.

Están centrados a cada instante en un único objetivo que tiene nombre y apellido: el de la persona a la que tratan en ese momento con la determinación de sacarla adelante. Ante esos soldados de bata blanca se abre un océano de incógnitas a cual más preocupante, pues están en primera línea de una guerra en la cual la incertidumbre es un enemigo tan temible como el virus.

Intuyen que, antes de mejorar, el escenario se volverá aún más oscuro, lo cual no quebranta un ápice su arrojo. Luchan, todos a una, en condiciones que se agravan a medida que el mal avanza, pese a lo cual no se arredran. Están en esa trinchera porque creen en lo que hacen y lo hacen convencidos.

No escogieron su profesión anhelando enriquecerse o ganar fama, sino movidos por el deseo de ayudar a los demás devolviéndoles la salud. Y ahí están, doblando turnos, arriesgando más de lo razonable, acompañando, aguantando, luchando sin descanso, sucumbiendo en demasiados casos al patógeno que combaten.

En condiciones normales no reparamos en su trabajo, lo damos por supuesto o le sacamos defectos, en un alarde de ingratitud muy propio de esta sociedad opulenta. Hoy es de justicia reconocer su excelente hacer y agradecer una y mil veces su valentía, aunque solo sea porque muchos de nosotros habríamos dado un paso atrás de haber calzado sus zapatos.

No están solos, desde luego. El elenco de heroínas y héroes que nos deja este capítulo infausto dará para muchas novelas cuando hayamos pasado la página y lo acaecido pueda convertirse en relato. Entonces será de ley recordar a cuantos desempeñan labores de limpieza, cocina, mantenimiento y demás servicios auxiliares en hospitales y ambulatorios.

Al personal de las farmacias, supermercados y otros establecimientos abiertos, obligados a dar la cara ante el público. A los miembros de nuestras Fuerzas Armadas, Guardia Civil y Policía, desplegados por todo el país para garantizar nuestra seguridad y reforzar a los sanitarios.

A quienes recogen la basura que seguimos generando. A los mensajeros que nos traen la compra y a las empresas cuya visión y capacidad de organización hace posible que sigamos adquiriendo productos sin necesidad de salir de casa. A los voluntarios. A los empresarios que han puesto generosamente sus instalaciones y líneas de producción al servicio de esta lucha sin cuartel.

A los periodistas que nos informan. Y también a los políticos responsables que hayan cumplido con su deber. Son pocos, pero haberlos haylos.

Isbel San Sebastián ( ABC )