TIEMPO DE REBELDÍA

Quien recurre a este título en plenas vacaciones de verano, en el mes de agosto, debe de estar bastante loco. Pero dado el espectáculo en el que estamos inmersos, siendo el político sólo un ejemplo, demasiado patente por cierto, de buena parte de la vida social y cultural, a uno no le queda ya más remedio que declararse rebelde. Será la edad.

Leo que Pedro Sánchez está dedicando su situación de presidente en funciones a hablar con la sociedad civil para enriquecer la propuesta que vaya a hacer a posibles aspirantes a prestarle su apoyo parlamentario para una investidura.

Dicen las encuestas, en su parte más creíble, que los ciudadanos ven a los políticos como el segundo problema principal. También dicen, o decían, las mismas encuestas que los ciudadanos se habían distanciado enormemente de la política y de los políticos.

Nunca me veo reflejado en ningún sondeo. Sí me reconozco como harto de los políticos actuales, pero nunca me sentiré alejado de la política, de la política en su sentido más noble: la constitución de una sociedad como comunidad política, como Estado de derecho en el que la soberanía esta sometida al imperio del derecho y la voluntad popular solo es democrática como voluntad constituida, no como voluntad constituyente, de la política como el esfuerzo por mantener viva esta organización de la comunidad política frente a todos los peligros permanentes que la acechan.

Pero si no me siento representado por los políticos electos, aún menos por lo que para el presidente representa a la sociedad civil: los grupos, grupúsculos, ONGs, asociaciones diversas, sindicatos y patronal que parecen constituirla. Siendo socio en varias de ellas -Acnur, Acción contra el Hambre, Médicos sin Fronteras, Acción contra el Cáncer, Covite-, no habiendo estado sindicado nunca, ninguna de ellas me representa políticamente; la que más, la citada en último lugar.

Sánchez seguirá sin saber lo que opina la sociedad civilen su mayoría si sólo escucha a aquéllas que leemos que han sido las elegidas. A pesar de que la inclusión se ha convertido en una de las palabras fetiche de la política actual, esa misma selección implica una exclusión que, además, se defiende diciendo que se trata de enriquecer un programa de Gobierno progresista, como si este añadido significara algo claro y bien definido aparte de indicar una grave exclusión.

Todos éstos son elementos con los que no se puede jugar; ni táctica ni estratégicamente. Llevamos demasiado tiempo haciéndolo. Si seguimos así lo pagaremos muy caro. Y no vale decir que ahora me olvido de todo eso, que luego ya volveré a ello, luego, cuando tenga todo el poder en mi mano. Luego siempre es demasiado tarde. Sobre todo cuando no se sabe con quién se está jugando la partida.

Joseba Arregui ( El Mundo )