TIME OUT

El tiempo no da marcha atrás, ni se detiene, es un continuo infinito y por eso la expresión time out, tan utilizada en el deporte,  es una ficción del lenguaje que pretende crear una realidad inexistente.A pesar de ello los hombres seguimos simulando que somos capaces de resetear nuestros relojes vitales y ponerlos a cero porque necesitamos controlar nuestras vidas y mejorar nuestras acciones o incluso borrar los errores que hemos cometido, pero el final siempre pilla a los tramposos  y les enfrenta al espejo de una realidad que se resiste a ser suplantada.

Estoy persuadido de que no solo a los poetas les gustaría escribir la canción más bonita del mundo porque todos tenemos alguna historia única que contar, y además no existe demasiada competencia en este terreno  en el que mucha gente ha desperdiciado la oportunidad de soñar y sobre todo de vivir con más pasión que amargura.

Los que añoran el tiempo perdido están condenándose a perder el que aún les  queda por vivir, y los que se hacen trampas en el solitario y quieren falsificar la realidad inventándose situaciones en las que nunca estuvieron o personajes a los que no conocieron lamen mal sus heridas de desamor, porque no aceptar que toda vida es importante y grande, por pequeña que les parezca.

Se engañan los que creen que merece la pena inventarse un relato que sustituya su propia realidad en vez de vivir su vida tal como es,  porque no existe nadie mejor que uno mismo para hacer grande su propia historia. 

Tal vez tienen esa sensación porque vivimos unos tiempos en los que hay overbooking de fabuladores  inconsistentes  que presumen de haber estado en Dallas el día que asesinaron Kennedy, en Berlín cuando derribaron el muro, o en el Congreso del 23 F cuando entró, pistola en mano, Tejero. La casualidad y no el mérito  convierten a la gente en testigo de esos momentos históricos.

La vida real es la que pasa por nuestro lado y no la que queremos imaginar  o envidiamos sin haberla conocido.  Yo he encontrado en la  casualidad o en la calle,  a gente que me ha aportado más que otros que hablan como profetas del apocalipsis, huelen como vaqueros del Oeste americano o gritan como condenados  en una manifestación identitaria.

Diego Armario