TITANIC

Es preciso agradecer a Isabel Celaá las carcajadas que nos ha regalado al explicar el lema de la campaña sanchista. Los compañeros encargados de cubrir sus ruedas de prensa no daban crédito el lunes a lo que oían, al escuchar de sus labios la reivindicación entusiasta de ese eslogan, «haz que pase», plagiado, cómo no, del empleado por una conocida marca estadounidense de cosméticos. Un periodista llegó incluso a pedirle tímidamente que repitiera lo dicho, temiendo no haber entendido bien. «¿No os gusta?», respondió la ministra, cual adolescente lánguida. «¡Es precioso, es de “Titanic”!».

Gloriosa referencia donde las haya.

Más allá del pitorreo generalizado desatado de inmediato en la sala de prensa, los hilarantes memes colgados en redes sociales (con Sánchez en el papel de Leo di Caprio y Torra en el de Kate Winslet) y la reacción de la oposición sacando punta a la ocurrencia, lo cierto es que el trasatlántico siniestrado en el viaje de su botadura refleja a la perfección lo que cabe esperar de las generales convocadas el 28 de abril: o se hunde el PSOE, con su líder amarrado al timón, o arrastra al abismo a España.

Esas son las alternativas. En cualquiera de los casos, Titanic es una metáfora impecable. Un nombre que trae automáticamente a la cabeza la imagen de un hundimiento. Los artífices de la propaganda socialista no habrían podido encontrar mejor modo de sintetizar nuestro futuro.

Estamos a veinticuatro días de chocar contra el iceberg. Lo que no sabemos aún es si la colisión la sufrirá el actual inquilino de La Moncloa o si será la Nación quien se estrelle contra la montaña de hielo. Pero uno de los dos sucumbe. Eso es seguro. Esperemos, por el bien de todos, que el electorado acierte en su elección de la víctima.

Basta ver los compañeros de viaje con los que ha llegado hasta aquí el candidato del puño y la rosa para presagiar, sin miedo a errar, quiénes serían sus muletas en caso de conseguir sumar una mayoría parlamentaria suficiente para gobernar: Podemos, muy venido a menos en términos de peso electoral, aunque firmemente determinado a entrar en el Ejecutivo y cobrar un precio alto por su apoyo imprescindible; separatistas catalanes y vascos, conscientes de que jamás volverán a tener una oportunidad como esta para consumar sus planes rupturistas, y, como guinda del vomitivo pastel, la voz de ETA, Bildu, cuyo respaldo manchado de sangre no provoca repugnancia alguna al cabeza de cartel sobre cuyo rostro se escribe la «original» consigna de marras.

Si pasa lo que ellos quieren que pase, lo que nos invitan a propiciar con esa apelación al voto, se producirá un desastre de proporciones históricas. Una tormenta perfecta, tanto política como económica, de consecuencias similares a las descritas en la película que tanto gusta a Celaá.

Lo otro que puede ocurrir, si la elección de papeleta acaba obedeciendo a un acto de la razón y no a un impulso de las tripas, es que sea la nave capitaneada por Sánchez la que termine yéndose a pique para una larga temporada. El daño causado por la ambición desmedida de este personaje a sus propias siglas es de tal magnitud, que no resistiría a la pérdida del poder.

Él lo sabe, sus asesores más cercamos lo saben y sus socios potenciales lo saben. Por eso presentarán una factura desmedida que él pagará gustoso con tal de sobrevivir. Hagamos que eso no pase. Pasémosle a él, cuanto antes, al desván de la memoria.

Isabel San Sebastián ( ABC )