TODAVÍA HAY DIQUES

Durante años se ha venido hablando, sobre todo desde Barcelona, del «encaje» de Cataluña y el País Vasco en España. Tan desencajados estaban que se da la paradoja de que en todas las estadísticas los dos territorios subyugados aparecían como los más pujantes del país, amén de gozar del mayor autogobierno.

Sin embargo ahora, con los insólitos pactos que ha cerrado Sánchez, tal vez los desencajados sean millones de españoles que viven en otras comunidades. El consenso fundacional de nuestro régimen de libertades, su piedra angular, es aquel que establece que la soberanía nacional reside en el conjunto del pueblo español y que todos somos iguales ante la ley.

Si asuntos cruciales que nos afectan a todos van a ser acordados en sanedrines privados con una comunidad autónoma -o dos-, ese principio medular quedará en entredicho. Lo que ha aceptado Sánchez para atornillarse en La Moncloa acabaría creando españoles de primera y de segunda. Catalanes y vascos disfrutarían de mayores inversiones, el Estado común tendría que esfumarse de allí -véase la cesión al PNV de la gestión de la Seguridad Social- e incluso se anuncian consultas sobre «la relación Cataluña-España», en las que el conjunto de los españoles no tendríamos opinión alguna.

El segundo motivo por el que millones de españoles están desencajados es de naturaleza moral: la mentira se ha convertido en moneda de cambio admitida en nuestra política. El Sánchez que esta mañana perorará en la tribuna del Congreso sostendrá todo lo contrario de lo que decía el Sánchez de hace dos meses. Si ayer rechazaba enérgicamente un Gobierno con ministros de Podemos, hoy ya lo ha firmado.

Si prometía nuevas leyes para batallar contra el separatismo, no solo las ha olvidado, sino que además ha rubricado un acuerdo con los que él mismo presentaba como problemáticos enemigos de España. ¿Da igual tener un presidente sin palabra?

Obviamente, ERC apoya al PSOE porque ha concluido que supone un chollo para superar -léase romper- la Constitución y acelerar hacia la independencia. En el acuerdo entre ambos se ha volatilizado cualquier alusión al orden constitucional y además se incorpora una barbaridad que está pasando desapercibida: «Superar la judialización» de lo que llaman «el conflicto político». Traducción: poner las leyes en suspenso en lo que atañe al pulso del independentismo catalán.

Unas dosis de optimismo. Aunque el trance intimida, mi humilde pronóstico es que la operación desguace pinchará. Y es que España no es una república bananera al albur de la arbitrariedad del primer caudillo fuerte, como prueba la decisión de ayer sobre Torra y Junqueras de la Junta Electoral.

Siguen ahí cuatro diques de seguridad: la UE, con un corsé contable que dificulta la carrera a la bancarrota; la Constitución, que aunque a veces ya no lo parezca sigue vigente y hace que si Sánchez completa sus cesiones pueda incurrir en delito; la prensa libre; y la Monarquía, con el enorme capital de respeto y autoridad que se ha ganado el Rey. Como dice la cita irónica atribuida a Bismarck: «España es el país más fuerte del mundo. Lleva siglos tratando de autodestruirse y no lo ha conseguido». Y ahí seguimos, intentándolo…

Luis Ventoso ( ABC )