TODAVÍA HAY JUECES EN ESPAÑA

No hay impunidad para los sediciosos. Uno a uno, todos van sometiéndose al rigor de la ley. Al fugitivo de Waterloo le han echado el guante al norte de Alemania mientras trataba de regresar en coche a su base de operaciones belga desde Dinamarca. Solo él sabe si era consciente del riesgo que corría durante esa excursión o si había interiorizado una falsa sensación de libertad de movimientos mientras se mantuviera al norte de los Pirineos. A lo mejor llegó a creerse que lo único que amenazaba el pleno ejercicio de sus derechos era la ominosa persecución de un Estado opresor que establece restricciones distintas a las que imperan en el resto de Europa. Si era así, ahora tiene la oportunidad de rumiar su error en la prisión de Neumünster. En Alemania, por hacer lo que él ha hecho en España podría caerle cadena perpetua.

El resto de los fugados ya saben lo que les aguarda antes o después. Clara Ponsatí ya siente en la nuca el aliento de la policía escocesa. Si Marta Rovira pensaba que yéndose a hurtadillas podría ejercer el papel de buena madre que según ella le movió a espantar la amenaza de la cárcel, que sepa que esa amenaza pende sobre su cabeza y que antes o después caerá sobre ella con amarga contundencia. No existe el crimen perfecto. La maquinaria de la justicia es lenta pero inexorable.

En plena onda expansiva del Llarenazo, un amigo mío que no tiene un pelo de tonto se lamentaba de que la situación creada pudiera llevarse por delante a los dos partidos que hasta ahora han soportado gran parte del peso del Estado. No dejaba de preguntarse en voz alta, como si toda la esperanza que cabía en su ánimo pendiera de un hilo, quién protegerá los intereses nacionales tras la debacle electoral que según todos los pronósticos le aguarda al bipartidismo en cuanto se habiliten las urnas.

Y sin embargo son precisamente esas decisiones judiciales, y las consecuencias que éstas han provocado, las únicas medidas de protección que los ciudadanos perciben como tales. El que la hace, la paga. Independientemente de que al Gobierno le guste más o menos. Aunque parte de la Oposición eche las muelas. A pesar de que miles de manifestantes inunden las calles clamando por la impunidad. Eso es exactamente lo que significa tener un Estado de Derecho.

Luis Herreo ( Libertad Digital )