Con un tono crudo y cuartelero que desentona en el ambiente de franca cordialidad y estrecha camaradería con que se descalifican y sabotean los dos socios del Gobierno, Margarita Robles no ha dejado de alertar sobre los riesgos que conllevan la desocupación y la ausencia de horizontes laborales en un gabinete cuyo artificio estructural invita al ocio y la vida muelle.

A los niños les das una consola, a los mayores los metes en una residencia y a Ione Belarra le pones un ministerio para que se distraiga. La titular de Defensa fue la primera en celebrar que a la líder provisional de Podemos la ascendieran a ministra para que así tuviera algo con lo que entretenerse, pero se equivocó:

 Belarra no tiene otra cosa mejor que hacer que meterse donde no la llaman y donde se lo toleran. El pasado sábado se permitió una intromisión en el Ministerio de Exteriores, al que remitió una ‘agenda de paz’ para Ucrania que sigue sin respuesta por parte de Albares, más chulo que un ocho y más callado que en misa, según quien lo desafíe, y ayer mismo dio un salto diplomático, de lo particular a lo universal, alta representanta de sí misma, para proponer directamente a Ucrania el estatuto de país no alineado.

Se equivocaba Margarita Robles: Ione Belarra no está desocupada, sino desaprovechada, mal endémico de una nación cuya burocracia cuartelera o acuartelada ha obstaculizado la detección precoz del talento, la ambición y el emprendimiento empoderado.

Jesús Lillo ( ABC )