Cuando un tirano como Vladímir Putin ataca a Ucrania, país soberano que lucha por conservar su independencia y su joven democracia, solo hay una postura decente: apoyar al agredido. Todo lo demás es cobardía o complicidad y ambas conducen a la derrota de los valores que sustentan nuestro marco de libertades.

Los ucranianos conocen bien a los rusos. Llevan siglos sufriendo la brutal presión de sus botas. Stalin perpetró contra ellos un genocidio conocido como ‘holodomor’, que supuso la aniquilación por hambre de millones de inocentes. Putin les robó hace unos años Crimea y la región de Donetsk, pero no contento con ello ahora les muestra las garras para dejarles bien claro que son vasallos de Moscú y como tales

 han de comportarse. Nada de incorporarse a la OTAN o abrazar el modelo político de la UE. Son el patio trasero de la gran Madre Rusia (antes Unión Soviética) y su destino es plegarse a lo que esta disponga. Cualquier intento de rebelión será implacablemente ahogado en sangre.

La historia se repite. En los años treinta el holocausto stalinista fue silenciado por el comunismo occidental, dispuesto a justificar cualquier horror en defensa de su credo. «Quien no es comunista es un perro», proclamaba Jean Paul Sartre, mientras los ucranianos martirizados se daban al canibalismo antes de rendir el alma.

Poco después los partidos comunistas de Francia, Italia y España aplaudían el pacto Ribbentrop-Molotov firmado entre la Alemania nazi y la URSS con el fin de repartirse Polonia y las Repúblicas Bálticas, porque así lo exigía el guión escrito en el Kremlin.

Hoy Pablo Iglesias, abanderado de la misma ideología totalitaria rebautizada como Unidas Podemos, hace de palmero a un Putin nostálgico de ese pasado imperial disfrazándose de pacifista que busca evitar un conflicto. ¿Cabe mayor desvergüenza? El conflicto está servido.

Lo ha provocado ese dictador formado en el KGB que encarcela a los opositores y envenena a periodistas críticos. Sobre sus espaldas pesa toda la responsabilidad de una amenaza gravísima a nuestra seguridad; la de todos nosotros, dado que si no somos capaces de parar los pies al matón, él se envalentonará y seguirá exigiendo más hasta reconstruir el mapa geopolítico previo a la caída del Telón de Acero.

El líder ruso pone a prueba nuestra determinación, exactamente igual que hizo Hitler al anexionarse Austria y apropiarse de los Sudetes checos ante la complacencia cobarde de británicos y franceses en Múnich. Entonces no existía la OTAN.

Nació después de la guerra precisamente con el propósito de evitar otra tragedia tejiendo una alianza sólida entre las naciones del mundo libre. Ucrania no forma parte de ella, aunque lleva más de un lustro llamando desesperadamente a la puerta.

Si no la dejamos entrar, si cedemos al chantaje ruso como en 1938 ante Hitler, pronto o tarde vendrá a por nosotros y no habrá quien nos defienda.

Isabel San Sebastián ( ABC )