Casi todos hemos conocido historias de hijos repudiados, padres abandonados, hermanos que no se hablan, ex amantes que se odian o amigos del alma que rompen para el resto de sus días,  y pienso que cada uno de esos supuestos reales suponen un error  porque , cuando el odio es el único sentimiento que no tiene marcha atrás, todos salen perdiendo.

Yo me felicito de no mantener deudas pendientes con nadie que me importe y echo de menos de verdad a aquellos hombres y mujeres a los que quise y un día perdí de vista, o ellos a mí, sin que existiera ninguna causa que provocase ese distanciamiento.

A veces en estas fechas  hago memoria y busco en la agenda un teléfono al que llamar y no siempre lo encuentro, pero en mi memoria existen voces que si pudiera volver a escucharlas otra vez, me regalarían algunos años de vida hacia atrás.

Quienes me conocen bien,  saben que nunca he rehuido una buena batalla metafórica o real, dialéctica o  de pasiones en cualquier campo  en el que se plantease, pero siempre dentro de las reglas que exigen el respeto a la libertad individual de los contendientes y el mantenimiento de un cierto nivel de elegancia, y no crean  que me desdigo de lo que he afirmado en estos primeros párrafos  si aclaro que no echo en absoluto de menos a los que algún día les dije adiós sin reproches y sin  hacer ruido, porque desde entonces me he ahorrado un montón de palabras inútiles con ellos.

De la misma forma que el odio solo le hace daño al que lo siente,  la incapacidad para ponerse en la piel del otro e internar comprenderlo, o incluso descubrir que tal vez tiene razón, solo perjudica y aísla a los que están convencidos de que no se equivocan nunca.

La gente que va por la vida con una mochila llena de certezas es muy  aburrida y poco inteligente, porque no basta con llegar lejos y alto en la política para poder presumir de lo contrario . Son personajes con calidad de personajillosque creen saber que la verdad está siempre de su lado , y la mentira, siempre en el lado opuesto, aunque algunas evidencias escandalosas que guardan las hemeroteca, digan lo contrario.

Las únicas certezas que, por evidentes, no pueden ser discutidas son la muerte y la estupidez sin límites: la primera nos aguarda a todos detrás de un rincón desconocido de nuestras vidas. La segunda se manifiesta mucho antes entre sus elegidos, que son los que creen que por ser  “jóvenes, aunque sobradamente poco preparados”, tienen siempre la razón , a pesar de que no sepan explicarlo o les desdigan los hechos.

Diego Armario