TÓPICO: LA PELA ES PELA

Si se hubiera acabado la truculenta manía de mentir y fanfarronear por parte de los separatistas, Puigdemont no habría dicho que la república catalana ha derrotado a la Monarquía del 155. En todo caso, podría haber comentado que hubo un empate. Una vez contados todos los que se sienten catalanes y los que no renuncian a ser españoles, se confirma que en Cataluña no hay mayoría para proclamar la independencia y la república, a no ser insistiendo en la insurrección. Ya no hay un solo pueblo, sino dos, que, o se soportan o acabarán en plan balcánico.

Quizás lo primero que tendríamos que hacer todos es renovar los juicios u opiniones sobadas, las ideas que se usan y se repiten hasta el aburrimiento. Ese lugar común según el cual para los catalanes «la pela es la pela» -con dinero se arregla todo; cuando le metan mano a su patrimonio, se acabará su fervor patriótico-. Esos tópicos han saltado por los aires. La sátira del catalán agarrado y rapaz se forjó ya en clásicos, que les llamaron «abortos», «ladrones», «usureros» y «esclavistas». Dante habló de «la avara pobreza de Cataluña». Esas caricaturas han llegado hasta nuestros días, pero resulta que se han jugado, no sólo la casa y el puesto, sino su propia libertad por su idea de una Cataluña emancipada.

Los alemanes y los españoles, los ingleses y los zulúes tienen que soportar estereotipos, tópicos, sambenitos humillantes. Esa manía de caricaturizar al adversario o al forastero se ha fijado especialmente contra los catalanes. Josep Pla dice de ellos que constituyen un pueblo llorón, nunca contento, que se siente desplazado. «En el catalán hay un sentimiento de inferioridad que le deja colgado en el aire». Seguramente, esos arrebatos de superioridad ficticia que hemos descubierto en los independentistas esconden, en plan freudiano, un complejo de inferioridad que les atormenta después de haber declarado cinco veces la independencia y haber hecho el ridículo.

Hay quien ve a los catalanes como los adelantados de la democracia y del progreso. Hay quien los ve como Borges: «Desagradables, con una arquitectura prostibularia. Yo hubiera querido ser andaluz. Lo que nunca habría querido es ser catalán: los odian en España y entre los franceses se nota enseguida que son impostores».

Casi todo eran tópicos y, después de la fallida insurrección, están condenados a llevarse bien. No será difícil, porque no hay entre ellos diferencias raciales, religiosas o de clase; ni hay que hacer análisis de sangre para descubrir que todos somos hijos de una decena de civilizaciones que se mezclaron en paz o en guerra. Si los supremacistas se sienten superiores, no tienen ninguna razón para ello.

Raúl del Pozo ( El Mundo )