TORNEO DE INSULTOS

Del duelo que vienen sosteniendo Podemos y Vox en las Cámaras, la única víctima, de momento, es el juez o testigo, Patxi López, un don nadie socialista que lo ha sido todo, incluido presidente del Congreso, sin haber resuelto nunca nada, que es lo único que sabe hacer.

Le han puesto al frente de la Comisión para la Reconstrucción del país tras el Covid-19 y, a las primeras de cambio, la ha convertido en Comisión de Demolición, hasta el punto de tener que excusarse por ser incapaz de impedir el cruce de acusaciones e insultos entre los participantes.

Aunque la culpa fue suya al intervenir en la trifulca reprochando a Vox «tener la piel muy fina», lo que hizo a su representante, Espinosa de los Monteros, abandonar la sala, que quedó a disposición de Iglesias.

Y es que, en su candidez, Patxi ni siquiera sabe cuál es la función de un presidente. Fue como, tras haber llegado a lendakari con el apoyo del PP, se dedicó a tejer lazos con los nacionalistas, que aún duran.

Un individuo con tan poco caletre como escasa ética es peligroso para todos, incluidos los suyos, como muestra el camino hacia la irrelevancia del PSE. Pero a Pedro Sánchez le encantan, por manejables y compartir bastante con ellos.

Reducido a un intercambio de insultos, que es el recurso cuando faltan los argumentos, lo único que ha demostrado la Comisión de Reconstrucción es que la política española se desliza a todo gas hacia la confrontación y envilecimiento.

Sacar en un debate a los padres o antepasados, como ha ocurrido, significa que estamos volviendo a tiempos predemocráticos, cuando ya Don Quijote dijo que cada uno es hijo de sus obras. Temo incluso que lleguemos a que nuestros dirigentes no sepan quién era el hidalgo manchego.

De momento, las espadas han quedado en alto, con las acusaciones de terrorista y de golpista, respectivamente. Flotando en el aire la impresión de que unos y otros desearían pasar de las palabras a los hechos, para poder realizar plenamente sus sueños. No es, desde luego, la mejor atmósfera para afrontar los destrozos que deja la pandemia del Covid-19 y el tsunami económico que nos pronostican.

Hablando de ello, cuando creíamos habernos librado de la homilía sabatina que nos largaba nuestro presidente, se nos presentó el domingo a la misma hora, sitio y tono paternal para decirnos que piensa pedir una sexta prórroga del Estado de alarma, en la que seremos aún más libres, pero no del todo.

No sé qué le gusta más, la homilía o el Estado de alarma. A lo mejor ambas, pues una cosa lleva a la otra y viceversa. Al final, terminaremos acostumbrándonos, aunque, preferiría una película de Clint Eastwood, no importa que la haya visto diez veces.

Pero en la España del confinamiento, no se puede tener todo.

José María Carrascal ( ABC )