TORRA, EL SASTRE DE SUDÁFRICA

Era algo así como el independentismo bizco, de gafa gorda, como un ciego de tocomocho, que se nos había quedado. TV3 había divido la pantalla en dos para que viéramos a Quim Torra en su discurso de investidura, discurso de segundón ateneísta, pero también y sobre todo a Puigdemont en Berlín, vigilando por el portátil como un mirón de los de internet (Puigdemont pone caras de Clare Quilty cuando le pueden la felicidad, la lubricidad y la viscosidad). TV3 nos estaba presentando esta jefatura bifocal con la que, claro, salen las comparaciones de dos en dos, como joteros. Veíamos el procés como con gafas 3-D de los 80 y creíamos que era sobre todo un problema de duplicidad o servidumbre, de sumisión de mucamita o de mazmorra, de marioneta de guante aunque fuera un guante como la reliquia de Santa Teresa pasada por Montserrat, todo hechicería, grima y perlesía. Pero no.

Torra es un racista, un supremacista cabezabuque con pinta no tanto de nazi de cabaré o de Obergruppenführer sino de bóer, de plantador del apartheid. Hasta se parece a Pieter Botha, el presidente sudafricano que quiso hacer moderna, soft y vendible la segregación. Pero Torra no es un descubrimiento, no es un loco que grazna solo ni un adelantado que nos trae su basura como si fuera el primer maíz. Lo explicaba en Al rojo vivoJordi Casas: «Lo que hace Torra no es nuevo, ya está escrito». Sí: en PujolHeribert Barrera o el terrible Daniel Cardona.

Y tampoco está solo ahora. Por eso en el independentismo, e incluso en el catalanismo más abrigado, Torra no causa susto ni alarma. Asumen con cómplice familiaridad, amablemente (como habla Torra, como un sastre cursi), que ese racismo trae una gran verdad, aunque políticamente incorrecta. Lola García, de La Vanguardia, aún le decía a Ferreras que el discurso de Torra le había parecido «pujolista».

Tranquilizador. Para muchos, no pasa nada por tener a un supremacista de president. Al fin y al cabo, sólo es un títere. Olvidan que es un títere con el fervor y las ganas del pelota. Y dan por sentado que Puigdemont, más cauteloso, menos bocazas, no es supremacista. Que no lo es el independentismo en sí, que produce, nombra y arropa a Torra. Quizá sólo son inauditos bóeres de Mandela.

Luis Miguel Fuentes ( El Mundo )