TRAICIÓN

No era verdad casi nada de lo que nos habían dicho. A Sánchez no se le heló la sangre el día 2 por la noche, cuando los ordenadores de su despacho escupieron los datos de la gran debacle andaluza. Tampoco se comprometió a rectificar su política de tonteo con el independentismo catalán. La subida de tono de sus palabras en el debate monográfico sobre Cataluña no era el preludio de la ruptura con Torra.

Las súplicas desgarradas de sus barones, aterrados por la muerte que les aguarda en el cadalso de las elecciones de mayo, le entraban por un oído y le salían por el otro. No era cierto que estuviera arrepentido de haber convocado el Consejo de Ministros en Barcelona. No iba a rastras al encuentro de Pedralbes, como un novio de conveniencia que ya no puede dejar plantada a la novia en la puerta de la Iglesia.

Sánchez, aunque no lo supiéramos, había decidido ponerse el mundo por montera, desoír el recado de las urnas andaluzas, desatender las demandas de los suyos y ceder a casi todas las demandas de sus anfitriones: reunión paritaria de varios miembros, en terreno neutral, con comunicado conjunto, el día antes del Conejo de Ministros.

Lo único que consiguieron sus negociadores fue reducir de ocho a seis el numero de participantes, que estuvieran de pie —como en un cóctel sin copas ni canapés— y que las flores de Pascua del atrezzo no fueran solo de color amarillo. Bastaba con eso, según los cabezas de huevo de La Moncloa, para que los voceros de turno pudieran defender que no había habido una cumbre bilateral entre Gobiernos distintos.

Pero da igual. Todos sabemos que sí la hubo. Entre los recursos casi ilimitados que tiene el poder no figura el de fijar la definición de las palabras. Cumbre significa lo que dice el diccionario que significa, no lo que Lastra o Fernández Vara se empeñan en pregonar invadiendo competencias que no les corresponden.

No es un concepto quedependa de la nacionalidad de los protagonistas, de su postura corporal o de las peculiaridades cromáticas del recinto donde se celebre. ¿Hubo reunión? La hubo. ¿Acudieron dignatarios nacionales del máximo nivel? Asistieron. ¿Se trataron asuntos de especial importancia? Se trataron.

Pues eso, sintiéndolo mucho, es una cumbre como un castillo. Y si alguien no está de acuerdo que dirija las quejas, por favor, a la Real Academia de la Lengua.

La búsqueda de una propuesta política de amplio social, a la que se comprometieron los dos presidentes, se hará dentro del marco de la «seguridad jurídica» y no de la Constitución, tal como inicialmente pretendía el Gobierno de España que se explicitara.

Para tranquilizarnos pretenden hacernos creer que son términos intercambiables. La seguridad jurídica —explican— la delimita el respeto a la Constitución. El argumento no es solo una innoble bajada de pantalones. Es una trola monumental.

Si son conceptos intercambiables, ¿por qué pidió Torra que se cambiaran? El derecho de autodeterminación no cabe en el ámbito de la Constitución del 78, pero, según lleva diciendo el independentismo catalán desde el minuto uno del procés, es un principio fundamental recogido el algunos pactos internacionales de Derechos Humanos.

No hace falta ser un lince para darse cuenta de que los separatistas quieren trasladar el debate del referéndum al plano de la «seguridad jurídica» del Derecho internacional público, relegando la Carta Magna española al desván de los trastos viejos. Sánchez se lo ha puesto fácil.

¿Cómo se llama ese acto de deslealtad con la soberanía del Estado? Pincho de tortilla y caña a que si lo miran en el diccionario darán con la expresión correcta. Según la RAE se llama alta traición.

Luis Herrero ( ABC )

viñeta de Linda Gamor