TRAICIÓN A ESPAÑA

Tuvo que ser así. Seguro que el Barsa tuvo que cederle a Messi al gobierno autonómico catalán de Torra por un par de días. De otro modo, sin Messi, no se explica la goleada que el separatismo catalán le ha metido a Sánchez y, lo que es peor, a la dignidad de España. Un «hat-trick» sin ninguna necesidad.

La reunión del Consejo de Ministros en Barcelona ha sido uno de los hechos más prescindibles de la más reciente Historia de la Infamia. Se atribuye a Helenio Herrera lo de ganar los partidos sin bajarse del autobús. Lo de Sánchez fue peor: tenía ya perdido este partido sin bajarse del Falcon.

Ha sido la demostración de dónde nos puede llevar el ego de un siniestro personaje que hemos de padecer hasta que no tenga más remedio que convocar elecciones. El planteamiento era de locos. Hagamos una traslación de lugar, para que comprendan aún más la indignidad a que se ha prestado el Gobierno.

¿Se imaginan que para reunirse en Cáceres el Consejo de Ministros tiene que ir con un despliegue de diez mil policías por delante? ¿Cómo es esto de que el Gobierno de España no pueda reunirse sin un despliegue policial excepcional y con la paralización de toda una ciudad en un territorio de este Reino cual Cataluña?

Nada más que el hecho de emperrarse en celebrar ese Consejo de Ministros para absolutamente nada, para presumir no sé de qué, sabiendo cómo iba a rodar todo, era ya lo que mejor que yo pueda ha calificado Pablo Casado: «Una traición a España».

Mire usted, señor Sánchez: si tiene dignidad o si le quedan al menos indicios de ella, no puede acudir a Barcelona como si fuera el presidente de un Gobierno extranjero, ni prestarse a ser recibido como tal. Ni mucho menos reunirse con unos señores que llevan el dichoso lazo amarillo que proclama que los políticos golpistas encarcelados por sedición y rebelión son «presos políticos». Usted, al sentarse con ellos de igual a igual, con esos colgajos deleznables en sus solapas, estaba no sólo ofendiendo a los españoles, sino a los catalanes que defienden allí, a pie de obra, tragando quina, la Constitución y la Unidad de nuestra nación, frente a las locuras teledirigidas por el cobarde prófugo desde Waterloo.

Los lamentables hechos de Sánchez hocicando ante los separatistas en una Barcelona tomada por la Policía y fastidiando el trabajo y los desplazamientos de miles de ciudadanos has recordado a Carlos del Barco a aquel sanluqueño presidente de la Cofradía de Pescadores de Bajo de Guía y que en una visita de Leopoldo Calvo Sotelo camino de unas vacaciones en Doñana, le dijo:

Sánchez tenía que haber tratado a Torra como lo que es: presidente de la Cofradía de Pescadores en el Río Revuelto del Independentismo. Ese es el único «de presidente a presidente» que la dignidad nacional admite. Y no convertir la degradante visita en un quítame allá esas macetas con flores amarillas y ponme esta flor de Pascua de color rojo.

¿Y el lenguaje? Como en los días de plomo ante la ETA, hemos perdido por culpa de Sánchez la batalla del lenguaje ante los separatistas catalanes. Ya no hay ni rebelión, ni sedición, ni golpe de Estado, ni incumplimiento de la Constitución, no: ahora es «conflicto catalán». Como tampoco hay Constitución, y mucho menos artículo 155: ahora es «seguridad jurídica».

Ese lenguaje separatista lo ha asumido el Gobierno. Cuando Sánchez tenía que haber empezado por decir lo que el mozo de escuadra constitucionalista le espetó al guarda forestal que con las hordas del CDR se manifestaba en las algadas barcelonesas contra España: «¿Qué república ni república? ¡La república no existe, collons!». Lo que sigue existiendo, a pesar de la indignidad de su presidente, es la unidad constitucional de España.

Antonio Burgos ( ABC )