TRAICIÓN SEPARATISTA A LA DEMOCRACIA

La democracia española, joven, ingenua y generosa, fue traicionada desde el minuto uno por el nacionalismo, que pretende ahora, encabezado por el separatismo catalán, y ya sin máscara ninguna, culminar la felonía con la voladura de su Constitución y el desguace de su unidad territorial. Esa es la verdad y esos son los hechos. Pero este, quizás y por desgracia ya de manera irreversible, no es el relato.

La guerra de la historia no la gana sino quien vence en la batalla de la propaganda. Bien lo sabe y lo sufre España desde hace siglos. Y hoy la verdad y los hechos, y no solo en Cataluña, no olvidemos el País Vasco, han sido suplantados y retorcidos hasta ser enterrados y desaparecer del imaginario colectivo, sustituidos por la mentira más obscena. La verdad, sepultada bajo un alud de falsedades repetidas sin descanso y cada vez más silenciada, perece. Apenas nadie se atreve a proclamarla.

Resulta casi heroico el hacerlo en Cataluña, donde la moneda común y la imposición absoluta del «cuento nacionalista» desde el parvulario a la universidad pasando por los medios de comunicación han establecido el victimismo más mendaz como cuerpo de doctrina general y obligatoria. Pero no solo allí o en Euskadi, sino que también en el resto de España, encabezados por Baleares y Comunidad Valenciana, donde se acelera en esa misma dirección, con la complicidad de la izquierda, palanganera en el caso de Podemos y más o menos emboscada de los socialistas en continua y oferente genuflexión ante ellos.

Sin olvidar el complejo y la inanición de buena parte de la derecha incapaz tanto de desenmascararlos como, aún menos y más estúpidamente, dar voz, altavoz, potencia y continuidad a la realidad de unos hechos incontestables: la democracia española ha otorgado el mayor de los autogobiernos, sin parangón en toda la UE y en la historia de España, ha tenido el más total de los respetos a sus elementos diferenciales y sus símbolos y ha otorgado el mayor rango y apoyo a su lengua y su cultura.

Ese ha sido el pago. La prueba de la doblez fue la puesta en marcha inmediata de un plan, mientras se clamaba que todas las exigencias eran para, mejor y más cómodamente, encajarse en España, que desde el inicio solo tenía el objetivo de envenenar con odio y enfrentar a las gentes para fermentar la ruptura.

La intención era, sin embargo, muy otra: destruir todo vínculo común y hacer de historia, geografía, lengua y símbolos motivo de agravio y confrontación. Y para mayor escarnio aprovechar todos los instrumentos que la España democrática y constitucional había entregado, algunos, ahora se comprueba, que de manera insensata, como la Educación, convertida en maquinaria de exclusión y adoctrinamiento masivo.

Esos son los hechos, esa la verdad histórica, tan reciente y tan interesadamente ocultada. Y que hoy es para España, para su propia supervivencia como Nación, imprescindible, urgente y necesario el resucitarla. Es cuestión vital combatir de manera firme y tan pertinazmente como los separatistas, el mantra mentiroso de su propaganda. Porque España y su Democracia nos van en ello. Porque no solo se juega Cataluña. Se está jugando España, nuestra imagen y nuestro papel ante el mundo.

Porque ahora la batalla ya está ahí. A la traición interna se une ahora el intento de arrastrarnos por el fango internacionalmente y levantar una nueva Leyenda Negra contra nuestra democracia, la que les ha otorgado todo lo que la Constitución permitía, más que lo que cualquier país de Europa ni siquiera establece y puede que hasta lo que no debía. Y otra vez el pago es aventar que somos un régimen fascista y totalitario donde se vulneran los derechos humanos aduciendo que a quienes violaron sus leyes y pretendieron un golpe anticonstitucional se les este juzgando por ello, con todas las garantías procesales y por el tribunal de más alto rango.

España, no lo ocultemos más, está ante una situación de gravedad extrema donde se juega su unidad y soberanía. El relato separatista en Cataluña, aunque aún no lo sea todavía en votos, es hegemónico y aplastante en poder, penetración e influencia. Allí no queda espacio ni se permite siquiera, sino que se agrede, coacciona, excluye y se aplasta, la discrepancia.

La aberración de la continua violación de los derechos y libertades de una parte, mayoría, de la población es algo cotidiano ¡y asumido como normal! en sus calles y ya en todas nuestras televisiones. Impedir expresarse y reunirse y agredirles si lo intentan se pregona como ejemplo de libertad y como ejemplo de acción democrática el señalamiento, el insulto, el acoso y la amenaza al disidente del dogma nacionalista. Un neofascismo evidente, en formas y actos, pero que para mayor sarcasmo estigmatiza a sus víctimas tachándoles de lo que ellos practican.

LOS separatistas hoy, y además, gozan de los más poderosos aliados. Los unos con complicidad absoluta, la extrema izquierda ya no se recata de ella y ya ni camuflan que bajo la milonga del derecho a decidir se quiere expropiar al pueblo español su soberanía, sus derechos y su voto para en verdad decidir sobre todo el conjunto y cualquier parte de España, como un día se decidió entre todos cuando se aprobó la constitución de los derechos y las libertades. La de todos, por todos y para todos.

Que a todos ampara y a todos obliga. Mas preocupante puede ser, sin embargo, el social-sanchismo que va a gobernarnos en esta encrucijada decisiva. Heredero del más entregado zapaterismo, equidistante y obsequioso ante el secesionismo, en él persevera, aunque, como acabamos de ver, les abofeteen tan pronto recogen el regalo.

Es ejemplo de esa izquierda abducida por el nacionalismo, que renuncia a sus principios y valores, le da pátina de progresismo a la ideología más reaccionaria y letal de Europa y que se niega a quitarse la venda ante sus intenciones, modos y traiciones y objetivos y que si un día parece que se les cae al siguiente se la ponen. Y han de ser ellos, esencialmente ellos, los responsables máximos de defender la integridad territorial de España, sus leyes y la igualdad ante ellas de todos los españoles. No resulta tranquilizador, desde luego.

Antonio Pérez Henares ( ABC ) )