Marchamos al trote hacia una nueva dictadura con la sonrisa indeleble en el rostro de los miembros del Gobierno de la Corona que saben que pueden hacer lo que les plazca. Ahora planean el asalto del poder judicial porque es el último muro de contención que se les resiste.

Un lego cómo yo no es capaz de juzgar con criterio profesional si el Tribunal Constitucional resistirá el embate, pero el pesimismo que me invade desde hace muchos meses me inclina a pensar que esto sólo es otro paso más hacia la dictadura que nos acecha.

Al mismo tiempo vemos al Gobierno de la nación señalando los criterios que marcan la declaración del estado de alarma. Y cuando Madrid supera esos criterios, es decir, cuando su número de contagios queda por debajo de las 500 personas por cada 100.000 habitantes y la reclusión ya no se puede justificar, el ministro Illa se precepita a decir que en Madrid no habrá cambio de situación si no quedamos por debajo de los 200 contagiados.

Sólo le falta explicar si se va a aplicar el mismo criterio al resto del país. Pero nos podemos ahorrar una comparecencia del ministro a esos efectos: ya sabemos que no será así. Aquí hay regiones que son malas por naturaleza y otras que son malas según convenga al Gobierno.

Siguen los ecos del pasado lunes en la celebración de la Fiesta Nacional en la plaza de la Armería del Palacio Real. Espectáculo bochornoso. Una fiesta con los ministros en su mayoría con cara de funeral. El vicepresidente segundo llevaba una chapa con forma de triángulo rojo.

Su valentía no alcanza a llevar lo que de verdad promueve: la estrella de cinco puntas que fue el emblema del Ejército de la II República Española -y también el emblema del Ejército Soviético, del chino del de Corea del Norte… lo mejor de cada casa.

Y a diferencia del 12 de octubre de 2018, cuando Sánchez se alineó junto a los Reyes para recibir el saludo de los invitados y fue despachado por el jefe de protocolo, ahora ya se ha «normalizado» que el jefe del Gobierno salude con el Rey. Ya son todos iguales.

Y en estos momentos en que la Monarquía es el gran objetivo porque es el mayor factor de cohesión de los Reinos que se unieron bajo su égida a lo largo de los siglos, desde estas páginas o sus suplementos se publican artículos proclamado «Delenda est Monarchia» porque cada día hay más que se creen Ortega cuando la única similitud es que esto cada vez más parece el invierno 1930-31.

A quien esto publicaba el domingo pasado lo he visto yo pasarse hora y media haciendo guardia a la puerta de la Biblioteca de ABC para entregar a los Reyes un ejemplar de su último libro. Él mismo debería clasificar hoy aquella actitud como propia de perrito faldero entregando su novela a los Reyes, pero ahora conviene estar a bien con aquellos de quien se depende.

Algo va muy mal en este país. Y lo peor es la felicidad e indiferencia con que los que pueden se van de puente para olvidarse del horror que estamos viviendo e ignorar lo que nos espera. Me enviaba ayer un amigo un mensaje en el que me recordaba que «la burguesía catalana dejó hacer.

La del resto de España está haciendo lo mismo. Luego vienen los lloros». Menos mal que 183 españoles han tenido el valor de levantar la voz de la mano de Libres e Iguales y gritar ¡Viva el Rey! Pero lo más relevante del vídeo no es su apoyo al Rey si no las infinitas muestras de cobardía que se enumeran al final.

Ojalá algún día se hagan públicos los nombres de tantos faltos de valor.

Ramón Pérez-Maura ( ABC )

viñeta de Linda Galmor